8.01.2012

LA FRITERIE BELGA


Hace tiempo que el huarique dejó de ser el huequito escondido, barato, frecuentado por conocedores que buscaban “el” plato especial de la casa. En los últimos años, algunos se han reconvertido en recreos turísticos con kilométricas Cartas donde ofrecen de todo; y otros han devenido más bien en restaurantes “de culto”, por llamarlos de alguna manera, que atienden a puerta cerrada, no tienen Carta sino platos especiales por los que cobran precios altos.
Sin embargo, hay pequeños negocios que están prosperando y andan a caballo entre la taberna, el huarique y el bar de tapas. Un ejemplo es La Friterie Belga cuyo dueño y cocinero tiene una historia de novela que pasa por Chimbote donde nació, Bélgica donde se crió y aprendió carpintería y África donde desarrolló gran parte de su actividad profesional en hoteles y restaurantes. Hace tres años Yannick Banik regresó al Perú en busca de papeles que certificaran su nacimiento y sin saber una palabra de español (ahora habla ocho idiomas). En Chimbote fue recibido como un hijo pródigo, se instaló en Lima y abrió La Friterie (típico local belga de comida rápida). Luego de 27 años en África mantiene su restaurante Massa Massa en Senegal y el récord de ser el primer fabricante de foie gras en un país dominado por musulmanes.
En la Friterie Belga se encuentran salchichas y embutidos caseros (fricadelle) servidos con unas maravillosas papas fritas en doble cocción, según la técnica belga, y salsas sofisticadas (bearnesa, archiduc, dijonnaise, de mostaza y pimienta verde). Pone platos a la Carta como el tartar de carne (mejor que el de muchos restaurantes encopetados), albóndigas de Lieja (S/. 16) o lomo saltado (S/. 18) y butifarras con carne prensada y aderezada  por el propio cocinero. El foie gras y las cervezas artesanales (tiene más de un centenar en la memoria) son tareas pendientes que espera ofrecer a mediano plazo. Ojalá sea así.



La Friterie Belga. Esperanza 264, Miraflores. T. 2438652 (atienden delivery). Atención: lunes a sábado de 10 am a 9 pm. Precio promedio: S/. 17 soles.

7.23.2012

EL AJÍ NUESTRO DE CADA DÍA


Artículo publicado en la Guía de Restaurantes 2012 de la revista ETIQUETA NEGRA

Alguna vez se preguntó a un público variopinto ¾entre conocedores, curiosos, espontáneos y académicos¾ cual es el plato que mejor representa al Perú. Las respuestas se inclinaron por el cebiche, el lomo saltado, la ocopa, los anticuchos y el pollo a la brasa. Todos estos platos emblemáticos (así como la gran mayoría del recetario nacional) llevan ají como ingrediente básico e insustituible. Es decir, este díscolo y polifacético ingrediente tiene el ADN del Perú impregnado en sus semillas.

Por algo ha sido cantado, recitado y loado en diferentes momentos por cronistas, escritores, poetas, compositores y refraneros de variada laya. Una deliciosa muestra se encuentra en “De cocina peruana. Exhortaciones” de Adán Felipe Mejía (1896-1948) más conocido como ‘El Corregidor’ quien en el acápite dedicado a los ajíes dice los siguiente:

“Teníamos ají de todas índoles.
De todos los matices.
¡Policromía del ají!
Fresco. Seco. Reseco.
¡Mirasolado!
De todos los picores…
Agresivos, tremendos.
Semiviolentos.
Coléricos.
Irónicos.
Satíricos.
Mordaces.
Morigerados.
Tiernos, hipocritones.
Dulces… ¡Mendaces!
¡Y de todas las formas!
¡Y de todo tamaño!

UN POCO DE HISTORIA

¿Desde cuando se consume ají en nuestro país? Probablemente desde la noche de los tiempos, cuando el primer habitante de estas tierras descubrió el fruto e inició un ardiente romance que continúa inalterable hasta hoy.

Los testimonios arqueológicos más antiguos datan ocho mil años antes de la era cristiana, y se ubican en la cueva Guitarrero en Yungay, Ancash donde se encontraron rastros de este ingrediente, como también se hallaron semillas de ají en el complejo arqueológico Huaca Prieta (2500 a.C.), es decir, antes de que los peruanos empezaran a usar la cerámica. Si uno observa el famoso Obelisco Tello perteneciente a la cultura Chavín (3000 a.C.) verá una representación gráfica de un racimo de ajíes y una flor. Esta imagen temprana se verá luego multiplicada en vasijas, huacos, mantos y textiles de culturas posteriores.

Valga una digresión para comentar que gracias a la colaboración de la empresa privada en proyectos arqueológicos vinculados a la gastronomía, actualmente se están sembrando milenarias semillas de ají mochero encontradas en las huacas para rescatar el sabor auténtico de este ají ¾pervertido con el correr de los años por la inopia, la ignorancia o una burda visión mercantil¾ y desarrollar la línea de Denominaciones de Origen que merece nuestra inigualable despensa. “Nuestros ajíes deben ser un instrumento para reforzar la relación entre gastronomía y biodiversidad que está en manos de más de tres millones de pequeños agricultores, esencialmente pobres, que producen cerca del 70% de los alimentos que consumimos”, dice el ingeniero Roberto Ugás, investigador de la Universidad Agraria La Molina.

Volvamos a nuestra historia. Según el doctor Carlos Elera Arévalo, director del Museo Sicán y flamante director de la Unidad Ejecutora Naylamp 111, el consumo de ajíes en el antiguo Perú fue rutinaria entre los pobladores del litoral. En sus investigaciones arqueológicas encontró que los hábitos alimenticios de los descendientes muchik, distribuidos en los pueblos de Lambayeque, Jequetepeque, Chicama, Moche y Virú, incluyeron el consumo de crustáceos con tanta frecuencia como el de ají y sal. Esta teoría está avalada por el hallazgo de chacras hundidas con cultivos de ají mochero pertenecientes a la cultural salinar (400 a.C. -100 a.C.) plantaciones que alternaban con otros alimentos tradicionales como los zapallos, los frejoles y los maíces. (“Ajíes peruanos, sazón para el mundo”, Apega, 2010).

En el sur del país, los ajíes y rocotos fueron descritos tempranamente por cronistas como el Padre Acosta quien habla “de la natural especería que dio Dios a las Indias de Occidente (…) que en Castilla llaman pimienta de las Indias, en Indias por vocablo general tomado de la primera tierra que conquistaron nombran ají, en lengua del Cuzco se dice uchu, y en México chili”.

Todas las evidencias apuntan a sentar el acta de nacimiento del ají en la zona altiplánica que comparten Perú y Bolivia. “Ni los mejicanos respaldados por un ejército de ‘chiles’ discuten esa verdad”, escribió con delicioso humor el científico Fernando Cabieses en el libro “Antropología del ají”.

Dice que el género capsicum, al que corresponden todos los ajíes del planeta, se originó hace veinte mil años. Existen alrededor de treinta especies diferentes, pero solo cinco de ellas han sido domesticadas, las demás son silvestres y todas vienen de Bolivia.

Probablemente fueron los pajaritos los que se encargaron de trasladar las semillas desde los Andes hasta México, desperdigándolas en el camino por diferentes suelos con climas y ambientes distintos que por supuesto dieron origen a variedades impensadas gracias a las manos de los agricultores de entonces. El ají fue una de las primeras plantas domesticadas en América del Sur.

La hipótesis de los pájaros mensajeros no es descabellada si tenemos en cuenta que las aves son incapaces de sentir el picor del ají. Además, anota Cabieses, las aves digieren bien la fruta pero la semilla del ají tiene una cobertura refractaria a los jugos digestivos de las aves, por lo que esas semillas no pueden ser procesadas, ni digeridas, ni destruidas. Se expulsan tal cual luego de varias horas de vuelo. Fue así como las aves sembraron ajíes desde la cuenca del Amazonas a la del Orinoco y el Río de la Plata, incluyendo México y el Caribe.

Tan importante fue el ají entre los primeros peruanos que su existencia se registra en la leyenda fundacional de los Hermanos Ayar. Relata el mito que Ayar Manco, Ayar Cachi, Ayar Uchu y Ayar Auca acompañados de sus cuatro hermanas salieron de la cueva de Pacaritambo para buscar una tierra fértil donde fundar el imperio, que finalmente hallaron en el Cuzco. Cachi significa ‘sal’ y Uchu ‘ají’ y este hermanamiento entre el mundo vegetal y mineral también demuestra el sentido de complementariedad de ambos elementos en el mundo andino. Se sabe que los Incas rompían el ayuno ritual con un poco de ají otro de sal y un sorbo de chicha, y es muy probable que este fuera el primer bocado ofrecido por el Inca al conquistador Francisco Pizarro.

CONDIMENTO, CASTIGO, TRUEQUE Y MÁS

Los cronistas se encargaron de registrar el profuso uso de los ajíes en la cocina prehispánica. “Lo echan en todo lo que comen, sea guisado, sea cocido o asado, no lo han de comer sin él”, escribió Garcilaso de la Vega en Comentarios Reales de los Incas (1609). De otro lado, Miguel de Cúneo acompañante de Cristóbal Colón en sus viajes de descubrimiento en una carta fechada el 28 de octubre de 1495 refiere que “en aquellas islas hay plantas parecidas a las aulagas, que dan un fruto igual de largo que del canelo, llenas de pepitas picantes como la pimienta.  Estos caribes y los indios comen esos frutos como nosotros comemos manzanas”. De hecho, la cocina inca conoció y empleó distintas variedades de ajíes como el arnaucho, el rocoto, el ají montaña, el chinchuicho y otras especies que crecían en las montañas de Madre de Dios.

Se cree que durante la época incaica no existía el intercambio  de monedas como valor de trueque, aunque sí de mercancías de carácter utilitario a las que se asignaban un valor determinado de intercambio. Con estas mercancías se podía pagar trabajos, como el de chamanes, cargadores o guerreros, o comprar artículos diversos. El maestro Luis E. Valcárcel señaló que el manojo de ajíes secos o ranti servía como unidad de cambio.  “Era una forma de comercio más elaborada que el simple trueque de productos. El ají, junto con las hojas de coca, fue uno de los objetivos preferidos como moneda/mercancía”. (Ajíes peruanos, sazón para el mundo. Apega, 2010). Aunque parezca mentira, su uso como medio de trueque sobrevive todavía en algunas regiones serranas alejadas, constató el maestro Cabieses.

El versátil ají no solo sirvió para el placer de comer sino también como instrumento de tortura y suplicio, tal como relata la novela histórica Narración de una conquista (citada por el doctor Cabieses) sobre el tormento que Huáscar le hizo aplicar a Colla Túpac, uno de los albaceas de su padre, Huayna Cápac. Dice así:

“Unos pasos más allá, una hoguera vomitaba llamas y humo bajo un gran marco de madera del que colgaba una cuerda amenazante. Dos esbirros se acercaron a Colla Túpac, lo derribaron brutalmente y amarraron la cuerda a sus pies para después izarlo en el aire, cabeza abajo, balanceándolo como un convulso péndulo de carne que marcaba un ritmo horripilante sobre el humo enceguecedor… Este humo que ahora se espesaba y hervía en gruesos espirales amarillentos. Las llamabas había sido ahogadas por una gruesa capa de ají seco que el verdugo echó sobre el fuego… Balanceándose sobre el humo cáustico, Colla Túpac se retorcía y contorsionaba en una convulsión estrangulada por la tos y por el vómito, sofocándose entre las fieras nueves del vapor asesino, ahogándose, luchando por una bocanada de aire limpio, su voz agarrotada por silbidos rasposos, exprimidos de los pulmones incendiados y la lengua amoratada y negra, cubriéndose de un brutal flujo de gruesa espuma sanguinolenta. Y el cuerpo pronto inerte, meciéndose ahora en silencio”. ¿Más realismo? Imposible.

Esta crueldad no fue patrimonio de nuestro imperio. Grabados del Antiguo México muestran a un padre de familia castigando a su hijo haciéndolo inhalar el humo del chile.

Posteriormente, propiedades bastante menos desalmadas adornaron el ají a la luz de la ciencia y la medicina popular. Se le atribuye efectos estimulantes sobre el sistema digestivo, es eficiente para tratar picaduras de insectos, curar el “mal de altura” y aliviar el estreñimiento. Comido con moderación incita el deseo sexual, elimina las vinagreras y calma el dolor de muelas. Usado como cataplasma detiene el asma, la toz persistente y el catarro; molido es bueno para curar anginas; tostado detiene los mareos; y en polvo elimina los piojos. El listado expiatorio continúa: es diurético, funciona como abortivo, retarda la vejez, detiene la calvicie y sirve como anestésico local, entre otras virtudes.

Valga señalar en este punto que el vocablo ‘ají’ es de origen Caribe y proviene del lenguaje taino. Cuando los españoles llegaron a México se encontraron extensos sembríos de ají, que en lengua Nahuatl se llamaba ‘chili’. Nuestro nativo ‘uchu’ desapareció del lenguaje diario durante la Colonia, aunque quedó perennizado en un plato típicamente mestizo como el anticucho y en la uchucuta  que es como en Ayacucho denominan a la salsa de ají.

LA RUTA DEL AJÍ

Convenimos entonces que el ají salió del altiplano y se extendió hasta el golfo de México. Luego de las avecillas viajeras, otro viajero se encargó de expandirlas al mundo. Fue Cristóbal Colón quien en su primera aventura trasatlántica llenó sus bodegas de ají y las llevó a España en 1493. No andaba desencaminado el navegante ya que rápidamente entendió que usado en cantidades apropiadas el ají ayudaba a tolerar los alimentos apiñados y deteriorados durante el largo almacenamiento.

Apenas llegado a la península ibérica, el ají se extendió a Europa, los portugueses lo llevaron en sus expediciones por la costa africana, la India y el Medio Oriente y los turcos lo comercializaron en Constantinopla y los Balcanes La expansión fue tan vertiginosa que, en 1541, mientras Francisco Pizarro moría en Lima, en la India ya se cultivaban tres variedades de ají (la fuente sigue siendo la del inigualable maestro Cabieses). Señala además que nuestro ají fue bautizado como pimiento de Pernambuco, pimiento de la India o pimiento de Calcuta, según de donde llegara el comercio en esos frenéticos años en pos del descubrimiento de especies, tesoros y territorios.

No es exagerado afirmar que el ají es el condimento más generalizado en el mundo entero, aunque, ironías de la vida, dentro de los principales productores mundiales no figuraban hasta hace una década ni Perú ni Bolivia ¾padres de la criatura¾ sino China, India, México y Estados Unidos. Afortunadamente, apenas despuntado el nuevo siglo nuestras exportaciones de ají fresco mostraron tasas de crecimiento importante, tanto que en cinco años se incrementaron en 88% posicionándose el ají amarillo por su volumen (78%) como el producto bandera del Perú.

Según datos recogidos por Apega (Sociedad Peruana de Gastronomía), el gran mercado mayorista de La Parada recibe diariamente un promedio de 60 toneladas de ají amarillo procedentes de los valles de Huaral, Chancay, Huarmey y Cañete. Es decir, un millón y medio de ajíes amarillos cada día. Y en cuanto a exportaciones de ají, el año pasado cerró con más de US$ 100 millones de dólares a mercados exigentes como España y Estados Unidos. Además, una agroindustria paralela se desarrolla con brío a través de ajíes envasados, pastas de ají, salsas como la ocopa y la huancaína y alimentos procesados con sabor peruano.


SOMOS LO QUE COMEMOS
        
El ají pertenece a la familia de las solanáceas, plantas herbáceas y cosmopolitas que se encuentran esparcidas prácticamente por todo el mundo. En esta familia se encuentra la papa (solanum tuberosum), el tomate (solanum lycopersicum), la berenjena (solanum melongena) y los ajíes y pimientos (capsicum). Dentro del género de los capsicum, que es el que nos interesa en esta historia, hay especies cultivadas y otras silvestres, es decir, las que provienen de huertos caseros o se recolectan estacionalmente.

No existe aún un inventario de especies, confiesa el ingeniero Roberto Ugás, investigador y docente de la Universidad Nacional Agraria de La Molina, sin embargo tienen registradas “250 entradas al banco de germoplasma”, de las cuales el 30% son productos duplicados o llevan el mismo nombre siendo distinta variedad o siendo de la misma variedad tienen denominaciones distintas. En cualquier caso, el suelo, el clima, la altura y otras condiciones bioclimáticas condicionan las diferencias.

Gracias a investigaciones realizadas desde hace varias décadas  se logró determinar que hay cinco especies cultivadas de capsicum, y las cinco se encuentran en el Perú: capsicum pubescens (rocoto), capsicum frutescens (pipí de mono, charapita, arnaucho), capsicum baccatum (el más conocido en el Perú, a esta especie pertenecen el ají mirasol, el escabeche, pacae, cacho de cabra, ayucllo), capsicum chinense (panca, colorado, mochero, ají dulce, limo) y capsicum annuum (cerezo). A esta última especie, por ejemplo, pertenece la gran mayoría de ajíes mexicanos quienes gracias al trabajo y sapiencia de sus pobladores lo domesticaron, cruzaron, entrecruzaron y consiguieron una admirable variedad de ajíes que forman parte de su vasta cocina y su bien cimentado orgullo gastronómico.

A estas alturas de la historia no cabe ninguna duda que somos la civilización de la papa tanto como la del ají. Nuestra cocina clásica incluye rubros genéricos como “picantes” o “ajiacos”, amén de salsas imprescindibles que combinan productos varios pero siempre con la presencia recurrente del ají que es finalmente el ingrediente que le da carácter y personalidad.

Es inconcebible la elaboración de buena parte del recetario nacional sin la base de un aderezo que parte de una pasta o puré de ají ¾seco, fresco o rehidratado¾ y mezcla dos o más variedades de ají que aportarán, según el plato, aroma, color o textura. Aderezo que se repite a lo largo y ancho del país sin más cambios que los que genera el particular sabor de los productos de la zona.

El primer recetario de cocina publicado en el Perú en 1867 vio la luz en Arequipa, en la imprenta de Francisco Ibáñez y se llamó La mesa peruana o sea el libro de las familias. Allí se registra la manera de preparar una salsa de ají, receta que permanece prácticamente inalterable hasta nuestros días. Dice: “Se toman seis u ocho pimientos secos (ají colorado), se bota la simiente y se tuestan en ceniza caliente. Hecho esto, se sacude, se pone en el batán con una cebolla asada, una papa cocida y sal. Se muele bien y puesto en el plato se sazona con una cucharada de aceite”. Cualquier parecido con la actualidad no es mera coincidencia.

“La cocina arequipeña emplea con profusión esa paleta de aderezo básico de raíz nativa (pasta de ají) y complemento hispano (el sofrito de ajos y cebollas en que debe cortar o agarrar el punto), pero utiliza también una variante fría del preparado para la elaboración de uno de sus principales aportes: la ocopa.”, señala el poeta Alonso Ruiz Rosas, autor del monumental libro La gran cocina mestiza de Arequipa.

Amamos el ají y gracias a este incandescente enamoramiento que no muestra visos de cansancio, las picanterías y comederos populares, verdaderos templos de las tradiciones mestizas, rinden tributo, día a día, plato a plato a este invencible producto que fogoso y enardecido sigue provocando suspiros, lágrimas, comezones y apetencias. Los peruanos nostálgicos lo llevan de contrabando en la maleta o lo buscan en los mercados étnicos, mientras los migrantes regresan a sus pueblos en busca del sabor particular del aderezo que les formó el paladar en la infancia. Sin ají no hay ni sabor ni alegría. Lo más probable es que luego del primer bocado los picores queden relegados o subordinados porque como bien apunta el refrán “sarna con gusto no pica”.





7.19.2012

SUMMUM 2012


Central de Virgilio Martínez es el número uno en el ranking de Restaurantes Top del Perú que organiza la guía Summum con el apoyo de Ipsos Apoyo.
Esta valiosa iniciativa que partió hace cinco años de la gourmand María Rosa Arrarte no solamente es un esfuerzo descomunal por tener un mapa gastronómico actualizado de los restaurantes de Lima y las principales ciudades del país, sino una herramienta indispensable para el creciente turismo gastronómico interesado en conocer las novedades y tendencias culinarias de un país qué llama la atención del mundo.
Luego de un lustro de trajines, Summum afina sus categorías, descongestiona las opciones y establece el peso de sus votantes, tanto que en opinión de los entendidos los resultados de este año han sido “los más justos” de su trayectoria.
Ciertamente falta seguir ajustando criterios. No me queda claro si la incorporación diferenciada de cocina japonesa y nikkei aporta o confunde al votante. También es confusa la opción de incluir en un solo rubro a somelieres y consultores porque resiente la elección.
Fuera de estos detalles, creo que la guía Summun refleja el dinamismo y los cambios de nuestra cocina. Por eso el primer lugar otorgado a Virgilio Martínez y su restaurante Central no es más que el reconocimiento a una cocina honesta basada en el producto y en la técnica, innovadora y academicista, con memoria del pasado y proyección al futuro. Definitivamente un buen momento para este joven cocinero que se internacionaliza a través de su flamante restaurante Lima en Londres que, valgan las coincidencias, inauguró el mismo día en el que recibía el premio Summum.
Me encanta la categoría Nuevo Restaurante porque nos va insinuando lo peliagudo que será la justa el próximo año. En primer lugar quedó Maras del gran Rafael Piqueras, seguido por Carnal (que si no mejora pasará sin pena ni gloria al olvido), Madam Tusán (exitoso y sin pretensiones), Lima 27 (se ha puesto las pilas), el simpático Saqra (merecida mención), Almazén (cocina orgánica), L’ Artisan (cafetería y cocina light con panadería de autor), Pampa de Amancaes (comida criolla) y Tr3s (sorprendente emprendimiento en el emporio Gamarra).
Otro detalle a destacar es la insistencia de María Rosa para poner nombre y apellido al servicio, tanto del Jefe de Salón con del Mozo, tema que la mayoría de comensales no registra a la hora de evaluar la experiencia gastronómica. Un acierto.

Estos son los top 20 de Lima durante el año en curso:

1. CENTRAL de Virgilio Martínez
2. RAFAEL de Rafael Ósterling
3. ASTRID Y GASTÓN de Astrid Gutsche y Gastón Acurio
4. LA GLORIA de Óscar Velarde
5. MALABAR de Pedro Miguel Schiaffino
6. FIESTA CHICLAYO GOURMET de Héctor Solís
7. EL MERCADO de Rafael Ósterling
8. LIMA 27 de Carlos Testino
9. CALA de Alfredo Aramburú
10. SYMPOSIUM de Marco Antino
11. MAIDO de Mitsuharu Tsumura
12. PERROQUET de Jacinto Sánchez
13. PANCHITA de Gastón Acurio
14. MARAS de Rafael Piqueras
15. PESCADOS CAPITALES de Nguyen Chávez
16. LA MAR de Gastón Acurio
17. MAYTA de Jaime Pesaque
18. VALENTINO de Duilio Giannattasio
19. EL HORNERO de Armando Tafur
20. JOSÉ ANTONIO de familia Graña

7.09.2012

DANIEL PI DESDE ARGENTINA


Licenciado en Enología e Industrias Frutihortícolas, Daniel Pi es uno de los enólogos más importantes de Argentina. Fue cofundador de la revista virtual Vinidea (www.infowine.com) y fundador de Enología, única publicación técnico-científica en su país. Estará en Lima durante el 13 y 14 de julio en el Hotel Country de San Isidro en el marco de las actividades organizadas por la empresa Almendariz.

Argentina es un país con alto porcentaje de cultivos transgénicos. ¿Cree que a la larga (o a la corta) eso influirá en los viñedos?

Desconozco este dato. En la región donde nosotros desarrollamos nuestras actividades, en el oeste de Argentina, los cultivos son prácticamente orgánicos, con muy poca o nula aplicación de agroquímicos de síntesis. No existen vides ni hortalizas transgénicas que se cultiven en nuestra región. Nuestros cultivos son de los más puros del mundo, y es lo que otorga a nuestros vinos un gran valor desde el punto de vista de ecosistema y la salud. Tampoco empleamos insumos GMO (genéticamente modificados) en su elaboración.

En Latinoamérica hubo un evidente repliegue en el consumo de vinos europeos. ¿Esa situación se mantiene?

Esto no solo ha sucedido en Latinoamérica sino también en el mundo. El único lugar donde se incrementa el consumo de vino del viejo mundo es en China. Creo que en Latinoamérica lo más importante es el aumento del consumo en países que normalmente no tenían cultura vínica. Esto se ha dado especialmente en los últimos años gracias al desarrollo económico que está teniendo la región. Además, hay un incremento de oferta gastronómica, con más y mejores restaurantes, que indefectiblemente lleva a un mayor consumo de vino. El consumidor latino prefiere los vinos más suculentos y con mejor relación precio calidad.

Me da la impresión que los vinos del nuevo mundo están, en general, cargados a la madera. ¿Cree que en el futuro nos desparkerizaremos?

Parker nació rankeando vinos del viejo mundo. Si revisa sus reportes verá que son fundamentalmente de Bordeaux. Mucho del prestigio que tiene Bordeaux se lo debe a él y es por ello respetado en la meca del vino. Todos quieren tener un buen puntaje en Parker, porque así aseguran sus ventas. Hay un preconcepto con esto de los vinos “parkerianos”, o “michelrolandianos” que no comparto. La gran virtud del vino es la gran diversidad, ya sea de orígenes, de variedades, de sistemas de vinificación, de contenidos de madera, etc. Hoy todos hacemos vino tratando de satisfacer al consumidor y no siguiendo a algún gurú.

¿Cómo enólogo qué rescata de las técnicas tradicionales de vinificación?

Las técnicas tradicionales preservan la naturalidad del vino y son siempre bienvenidas. Nosotros aplicamos el concepto de “mínima intervención” humana, de manera de dejar que la uva fermente naturalmente y exprese toda su originalidad. En algunos vinos trabajamos con el concepto biodinámico, en otros orgánico, tratando de lograr la máxima expresión de la fruta y el origen.

¿Cuáles son las innovaciones y cambios más importantes que se han introducido en la industria en los últimos años?

Aunque parezca mentira, en la industria son muy pocas las innovaciones. Creo que lo más revolucionario ha sido la incorporación de un selector óptico para automatizar la selección de granos después de la despalilladora. La mayoría de los avances se han dado en el campo de la viticultura, con el conocimiento más profundo del suelo, los sistemas de información geográficos y la posibilidad de hacer microvinificaciones de parcelas pequeñas en bodega.

¿Cómo ve el futuro de Trapiche en el contexto mundial?

Es la bodega argentina con mayor presencia internacional, en más de 89 países, líder de las exportaciones y con un 50% de su vino vendido en el mercado doméstico. Hace nueve años éramos una bodega de un millón de cajas, hoy producimos tres millones. Veo un hermoso futuro para Trapiche, consolidándose como el productor de vinos de Argentina para el mundo y estoy muy orgulloso de ser uno de los que lideran este cambio.

Artículo publicado en CARETAS el 5 de julio.

7.02.2012

ACHE



Gran retorno de Hajime Kasuga a la cocina de Ache. Después de algún tiempo de titubeos para afinar su propuesta creativa, cuya valla altísima dejara hace dos años cuando se retiró de Hanzo, Hajime regresa con bocados sutiles y elegantes, repletos de matices y texturas pero con una ligereza evidente que va camino a convertirse en uno de los pilares de su cocina.
Se percibe que la experiencia kaiseki (cocina tradicional japonesa de muy alto nivel) del tres veces coronado restaurante de Yoshiro Murata en Kyoto donde trabajó el último año y la fusión vanguardista de Nobu Matsufuji, en cuyo restaurante en Tokio también recaló antes de abrir Ache, le han refrescado la mirada permitiéndole detenerse, por ejemplo, en la necesidad de desmineralizar el agua con la que prepara su caldo base (dashi) y el shari (arroz). Podría parecer un detalle superfluo, sin embargo para este cocinero tiene una importancia fundamental ya que le permite potenciar los sabores de las algas y resaltar el umami natural de los productos.
El propio maestro Murata en una entrevista con el diario El Comercio dijo: “En el mundo hay dos formas de cocinar un platillo sabroso: a partir de grasa y con umami. La diferencia es que mientras un gramo de grasa contiene 9 kilocalorías, un gramo de umami no contiene ninguna caloría”
http://elcomercio.pe/gastronomia/1333997/noticia-maestro-quinto-sabor-llega-lima

Técnicas refinadas, presentaciones que son pura poesía, juego de temperaturas e inspirados aliados (polvo de langostinos, gelatina de ponzu, granizado de anís estrella, tierra de chulpi y cacao, arroz inflado) producen bocados sutiles, limpios y perfumados como el dumpling de mariscos, el taco de maguro, la kani soup (raviol de langostinos en caldo de cangrejos), la anguila con láminas de manzana servida sobre una suerte de soufflé de huevos, el sashimi con huevera de pez volador y ralladura naranja, los delicados tiraditos que envuelven ataditos de nabo en juliana o el cebiche de cítricos. En fin. Son algunos bocados que forman parte de la experiencia “omakase” que no se encuentran en carta sino que el itamae prepara directamente para el comensal según el producto del día.
En el apartado cocina creativa, H tiene platos calientes como el delicioso sakana crispy miso (jugoso congrio en costra de arroz con ensalada de brotes de verduras) o el black buta (panceta guisada en caldo negro de algas acompañada de un taquito de lechuga fresca rellena de picadillo de cerdo) o los arroces. Los postres son frescos, refinados, bajos en azúcar, aunque en palabras de una comensal dulcera “no tienen ese toque licencioso y turbador de los postres latinos”.
Vale anotar que la madurez de la cocina de Ache está respaldada por un estupendo equipo consolidado luego de varios años de trabajar juntos (Iván, César, Carlos, Sandro, Miguel, Mune, Jaime, Raúl, Andrea, Renzo, por mencionar a diez de los cuarenta) lo que les permite desarrollar una propuesta nikkei de alto nivel sin quiebres visibles, con buen ritmo culinario y con momentos divertidos, pero que debe seguir desarrollándose para lograr una personalidad propia que mire menos a Japón y más a la propia experiencia. (Sigo sin entender del todo la inclusión en la Carta de un apartado de cocina tradicional japonesa, me da la impresión que distrae más que aporta al conjunto).
Otra mención es para el barman Giancarlo Nazario quien crea una coctelería juguetona, diferente y osada que no para en mientes ni en las mezclas, ni en los envases ni en la inclusión de mariscos, pescados y verduras como parte de la experiencia gustativa.
Bienvenido a las grandes ligas, Ache.

Calle La Paz 1055, Miraflores. Reservas: 2219315. Horario de atención: lunes a sábado almuerzo y cena. Precio promedio por persona: S/. 80 soles.

* Artículo publicado en CARETAS el 28 de junio.




6.22.2012

KAPALLAQ





Con intervalo de dos días visité este simpático restaurante que recientemente estrenó local en Miraflores. Con la mudanza ha triplicado su capacidad de atención y ha mejorado las instalaciones. La amplia cocina sigue estando a la vista, aunque ahora protegida por vidrios que amortiguan olores y ruidos. Las mesas, convenientemente distanciadas, permanecen vestidas con cubiertos, copas y servilletas. La experiencia palatal fue agradable, la gastronómica (que engloba ambiente, atención y similares) mediocre. Mala suerte que en ambas fechas, previa reserva, me tocara la misma mesa al lado de una ventana sobre la que cae a plomo el sol de la tarde en un invierno en el que no se esperan esos calores insólitos. El mozo, sin capacidad de reacción, no atinó a cambiarnos de mesa pese a nuestro pedido y a la disposición de infraestructura. En el mozo recayó también otro traspiés, al no saber explicar qué ingredientes llevaba uno de los platos requeridos.
Pese a los baches, la cocina de Kapallaq sigue siendo uno de los referentes de la cocina marina, con pocos ingredientes, productos muy frescos, platos únicos y osadas reinterpretaciones de la clásica cocina vasca y mediterránea. El Kapallaq tiene platos que su chef Luis Cordero no podría cambiar sin causar alboroto. Por ejemplo, el estupendo muchame de atún fresco preparado con las técnicas del salazonero mediterráneo y conservado en una planta climatizada por no menos de veinte días antes de llevarlo a la mesa. Los sudados, locros y espesados preparados en ollitas de barro son clásicos que no tienen pierden por su sabrosura y el equilibrio entre picor, acidez, espesura, aroma y frescor de sus componentes.
Sin embargo, vale la pena potenciar la experiencia gastronómica si uno acata las sugerencias del cocinero, sea a través de las recomendaciones del día (que puede encontrar en una Carta algo confusa para el parroquiano infrecuente, no solo por su extensión sino por las arbitrarias secciones en las que está dividida) o directamente a través del chef que siempre está vigilante en la cocina o entre las mesas.
Es así que nos tocó probar un provocador platillo de intensidad casi pornográfica, hecho con caracoles rojos envueltos en una salsa bien mediterránea con un toque aromático de hierbabuena; el inigualable plato de espaguetis con erizos y pulpa de cangrejo; o la bottarga (originalmente huevas de pescado secas y saladas) que se sirven con una pasta de acuerdo a la receta de origen griego o en la versión personal del chef con abundante queso derretido y láminas de almendras tostadas.
El café es bueno, la limonada no y a la carta de vinos le falta imaginación.

El Kapallaq. Avenida Reducto 1505, Miraflores. Reservas: 4444149. Horario de atención: todos los días de 12.30 a 5 de la tarde. Viernes y sábado también atiende entre las 7.30 y las 11 de la noche. Precio promedio por plato S/. 50. Descorche: S/. 20 soles. Estacionamiento vigilado en la calle.

6.11.2012

ASTRID & GASTÓN


Artículo publicado en CARETAS el 7 de junio 2012

Un menú de degustación de 21 platos abre la temporada “Viajando por los otoños del Perú” del restaurante Astrid & Gastón. Una propuesta racionalmente bien concebida y emocionalmente bien lograda.
El barroquismo con el que Gastón enfrentaba sus platos, sin duda conectado con la identidad del peruano, cede espacio a una cocina minimalista aunque atrevida, menos solemne y más divertida, con pocos productos pero con mayor protagonismo en el plato, en línea con lo más avanzado de la gastronomía internacional. Me da la impresión que A&G recién se siente parte de esa vanguardia de los 50 Best, San Pellegrino mediante, que no solo ofrece una cocina excepcional sino que se sitúa siempre un paso por delante, abriendo trochas y señalando caminos.
El menú de degustación que nos ocupa tiene bocados que son una síntesis entre tradición y vanguardia, con mucha información por digerir a través de los sentidos, prescindiendo de esas largas parrafadas que suelen adornar las Cartas y donde todo está dicho y descrito en detrimento de la sorpresa y el placer del descubrimiento.
No voy a detenerme en toda la carta, pero sí mencionaré que contenido y continente han sido creados con criterio estético y lúdico donde cada secuencia sobresalta, intriga y divierte sin pausa ni tregua. Piedras calientes, papel en bolsa o arrugado, troncos de árbol, resortes enhiestos y ene recipientes más, crean una suerte de obras de arte en pequeño formato donde tan importante es lo que lleva como el cómo lo lleva.


El aperitivo rescata un clásico: el Capitán, servido en copa pequeña, cargado al vermuth y generoso en hielo, al que acompañan láminas de papa con salsas de ajíes que cumplen su cometido de abrir el apetito.
Un rápido paso por el cebiche clásico y por las reinterpretaciones de la cocina japonesa y china que dejaron su impronta en el paladar nacional forman el capítulo El Mar, en el que los bocadillos se comen con las manos, como para acentuar el divertido juego de sensaciones que proponen.
Le sigue el capítulo Lima, la ciudad que enamora con su cocina. Pocas veces una frase resulta tan apropiada para describir los requiebros de un pan tolete, el coqueteo de los cereales andinos con una yema cocida a baja temperatura que se derrite al primer contacto o el romance sugerido por el suave espárrago blanco sobre una crema bernesa aromatizada, estado del que se aterriza con una cremolada de camu camu y coco.
El capítulo La sostenibilidad rinde homenaje al camarón, en chupe seco primero y luego en un luminoso plato que solo lleva las pinzas del noble crustáceo pasadas por plancha. Es tan conmovedor que produce escalofríos.
Si tuviera que elegir una estrella en este centelleante menú, sería el capítulo Los Andes, donde brilla una solitaria papa nativa horneada en una suerte de molde de arcilla salada. Este bocado de sencillez estremecedora brinda tal cantidad de información que bien puede transformarse en un concepto en sí mismo.

Sigue el capítulo andino con una alpaca tanto en tartar como en consomé, para terminar con el apartado dedicado al cuy. Otro monumento a la sencillez cosmopolita en versión oriental.
Es evidente que Gastón tiene un gran equipo trabajando con él, como son los cocineros Diego Muñoz, Diego Alcántara, Roberto Grau, Emilio Macías, Hernán Castañeda, amén de artistas gráficos que no hacen otra cosa sino evidenciar que el “arte” de la cocina trasciende los fogones en un intento por capturar la universalidad de las cosas.
Los postres no desentonan en absoluto, más bien giran en la misma órbita aportando lo propio sea en presentación sea en concentración de sabores para resaltar la esencia del producto. Un ejemplo: las rodajas traslúcidas de papas nativas sangre de toro de diversos colores rellenas con dulce de avellana y caramelo salado, recreadas en homenaje a Michel Bras sirven para entender que estamos ante una propuesta profundamente peruana que ha bebido y procesado lo más avanzado de la gastronomía de vanguardia.
Tengo un pero final que no se refiere a la comida sino más bien a un aspecto formal. La Carta está impresa en papel canson transparente con letras delgadas en tono plata que dificulta la lectura. Al cliente hay que aliviarle la tarea no complicársela.



6.02.2012

LOS CAVENECIA


¿Por qué un restaurante que funciona bien a puerta cerrada y con un puñado de comensales fieles de pronto decide crecer y multiplicarse? Supongo que parte de la idea de relacionar éxito con popularidad, al tiempo que se privilegia la cantidad por sobre la calidad. Es solo una hipótesis. Restaurantes a puerta cerrada funcionan bien aquí y en cualquier parte del mundo. Baste mencionar a Javier Wong y sus ocho mesas ubicadas en el patio de su casa, para no irnos hasta el Japón donde el restaurante Mibu atiende una solitaria mesa para ocho comensales que pagan mil doscientos dólares cada uno por asistir a una noche de cocina muy tradicional y ceremoniosa. Son dos ejemplos que están en las antípodas pero ilustran el amplio abanico de posibilidades que se abren a quien elija esta profesión.

Cuando Los Cavenecia atendían en La Calera la experiencia pasaba no solo por la sensación de estar “en casa” sino porque los platos servidos obedecían más a la inspiración del chef y a los productos que tenía en su despensa que a un despliegue de técnicas avanzadas. Había clásicos, claro que sí, que se repiten hasta el momento, diez años después, sin variación alguna.

Pero la manera de “sentir la mesa” cambia entre un local a puerta cerrada y otro abierto al público, y tengo la impresión que la experiencia se resiente. Algunos baches había experimentado la cocina de Sebastián Cavenecia en el veraniego local de Asia, pero en el de Barranco se profundizan. Hay un cierto descuido en la puesta, como la “canchita” fría y guardada de la bienvenida, la salazón exagerada del muchame (otrora plato emblemático) o la sobrecocción del pescado a lo Toshi que no le hace favor alguno a su homenajeado. Tampoco las almejas salieron bien libradas ni el arroz frito con langostinos, platos más bien insípidos tanto por la técnica empleada como por la elección del producto.

No me queda claro en qué espectro gastronómico quiere situarse este restaurante que exhibe una larguísima Carta donde cabe casi todo: platos mediterráneos, orientales, criollos y fusión que tienen un retrogusto a déjà vu. Un aspecto a destacar es que la atención cálida y personalizada de la familia Cavenecia no deja que el aire casero se esfume definitivamente.


FICHA TÉCNICA
Los Cavenecia. Av. Grau 1502, Barranco. Tel: 4771090. Horario atención: martes a sábado almuerzo y cena; domingo y lunes solo almuerzo. Capacidad: 80 personas (con privado). Precio promedio por plato: S/. 50 soles. Lista de vinos variada.

5.28.2012

ECOS DE SAN PELLEGRINO


Que la lista de The World’s 50 best restaurantes es eurocéntrica no cabe ninguna duda. De los cien restaurantes que la revista británica Restaurant (organizadora del evento) anuncia como los mejores del este año, 58 son europeos, 20 corresponden a América (pero 13 van para Estados Unidos), Asia se queda con 16, África (Sudáfrica, en realidad) con 2 y Oceanía (solamente Australia) con 4. Pese a que durante varios años los restaurantes españoles acapararon los primeros lugares de la lista, esta vez las críticas más ácidas provienen precisamente de allá.

El diario El Mundo la llamó “la pantomima anual de la revista Restaurant”; el gran cocinero vasco Martín Berasategui, que suma siete estrellas Michelin (relegado al puesto 67 luego de descender 38 escaños con relación al año anterior) también tuvo frases duras calificando el evento como un “montaje” y “patraña” cuyas calificaciones “no son nada serias”; y el periodista gastronómico Carlos Maribona se preguntó enfadado “si de verdad votan a restaurantes en los que han estado o simplemente tocan de oído”, reclamando transparencia y conocer nombres y trayectoria de los votantes.

Es cierto que cualquier ránking es subjetivo y arbitrario y que generalmente los olvidados son los primeros detractores en busca de protagonismo. En esta lista “solo” votan 800 personas vinculadas al quehacer gastronómico en el mundo. Los votantes a su vez están divididos en 26 regiones con 30 miembros por región, que tienen derecho a siete votos cada uno, cuatro de ellos deben darse a restaurantes de su región y los otros tres a restaurantes del resto del mundo. La condición es que hayan sido visitados en los últimos dieciocho meses.

Hay varios puntos que suscitan escozores: que ningún restaurante francés figure entre los top ten; que una pequeña ciudad-estado como Singapur sume 4, el doble de Japón que tiene una cocina sofisticada y milenaria (a la que todos los cocineros importantes miran); que China (otra gran cocina por descubrir) tenga menos de la mitad de restaurantes nominados que Estados Unidos. En fin. Es decir, los criterios relacionales priman a fin de cuentas sobre los gastronómicos.

Sin embargo, es indispensable que el foco de atención mediática cubra un horizonte más amplio que el europeo, incluyendo a países que de otra manera no figurarían en el espectro gastronómico del mundo. El gastroturismo se ha convertido en una fuente importante de ingresos para los restaurantes nominados y para el país, y ya sabemos que la gastronomía es una locomotora que arrastra un sinfín de vagones variopintos que contribuyen definitivamente a aumentar puntos de los PBI. Pero, ay, ironías de la vida, mientras Restaurant anunciaba a las nuevas estrellas del firmamento culinario, el Sunday Times publicaba otra lista, la de los más ricos del mundo. Allí el número uno entre los cocineros es Jamie Oliver, con 185 millones de euros en el bolsillo, “quien por supuesto no aparece en la World’s 50 Best por populachero y bandarra”, dice en un delicioso artículo el periodista vasco Mikel López Iturriaga. Buen provecho, Jamie.

5.09.2012

NANKA

Estamos frente a un restaurante con una cocina joven de auspicioso presente. Se llama Nanka, el primer emprendimiento con el que Jason Nanka y Lorena Valdivia debutan en La Molina con un amplio local, luminoso y abierto, muy a tono con el clima, el estilo y la jovialidad que trasmite el distrito. Hay buena onda en la decoración (cajas de madera de frutas pintadas de colores alegres), en la pared cubierta de macetas con hierbas aromáticas (suerte de huerto orgánico que provee a la cocina), en la música (entre jazz y étnica a volumen límite), en la amabilidad del personal de servicio y en la soltura con que sugieren un plato o toman el pedido. Nanka se apoya mucho en los detalles, por ejemplo, el agua, tema sensible en la mayoría de restaurantes que ofrecen un vaso relleno con agua del caño o una botella de agua importada. Aquí optan por agua fresca aromatizada con pepino, hierbabuena y una rodaja de naranja o agua mineral embotellada especialmente para ellos. Los pancitos llegan acompañados de un bol con aceite de oliva y un montoncito de semillas y especies tostadas, llamado duka, herencia de la cocina judía. Jason es un cocinero australiano que conoció a Lorena, su esposa, entre cacerolas y humos. Ambos han tejido su propuesta gastronómica con urdimbres orgánicas, frutos de temporada que respetan el suelo y el mar, y buscando a pequeños productores certificados para abastecerse. El resultado es una Carta breve llena de guiños a las tendencias de vanguardia pero sin llegar a encasillarse en ella. A tono con la semana de la anchoveta, el cocinero sirvió una delgada tostada sobre la que acomodó un lomito de anchoveta largamente marinado en vinagre de jerez y luego salpicado con sal de Maras y ají limo. Muy parecido al boquerón ibérico aunque sin su potencia, lo que resulta altamente apreciado entre nosotros. Otros bocadillos deliciosos y divertidos son el cebiche de bonito semicurado con sandía y papaya verde macerado con anís estrella, servido sobre una cama de palta y coronado con aros de cebolla caramelizada y leche de tigre. Es un interesante juego de sensaciones bien equilibrado donde si algo prima es la sorpresa. Tres platos se ofrecen en fuente (especie y precio dependen del mercado y el tamaño): el pescado (cabrilla fue la pesca del día) con curry de mariscos, el lechoncito con piel crujiente, y el pollito asado. El primero llega entero a la mesa bañado con una suave y aromática salsa de curry. El segundo lleva panceta caramelizada en sillao y va apenas bañada en ligera salsa de lúcuma. Mención aparte merece el arroz con pato deshuesado cocinado al vacío y luego asado, la carne es de una sabrosura y suavidad tal que el cuchillo resulta innecesario. Los postres son correctos y siguen la misma tónica de los salados que buscan sorprender cuidando la armonía del conjunto (pruebe el queque de aguaymanto con coulis de albahaca y helado de aceite de oliva). El café en cambio merece mayor atención. Una variedad de cervezas artesanales nativas y otras que llegan de afuera, junto a una carta de piscos que debe incrementarse y otra de vinos con algunas etiquetas sorprendentes hacen de Nanka un sitio agradable y recomendable. Nanka. Jirón bambúes 198, La Molina (espalda del CC Molina Plaza). Tel: 3697297. Horario atención: lunes cerrado. Martes a sábado almuerzo y cena, domingos solo almuerzo. Capacidad: 80 personas (con un privado y barra). Precio promedio por plato: S/. 35 soles.

PER SE EN NUEVA YORK

En el cuarto piso del exclusivo centro comercial Times Warner en Columbus Circus hay un discreto portón azul y un pequeño aparador donde los visitantes pueden curiosear el menú del día. Una vez franqueada la puerta se ingresa al reino de Thomas Keller, tres estrellas Michelin y un restaurante, Per Se, ubicado entre los diez mejores del mundo según S. Pellegrino. Adentro, todo es silencio, elegancia y sofisticación. No hay música ni cuadros, solo una excelente vista al Central Park. Todos los días cambian el menú de degustación, del que ofrecen tres variantes a $295 (12 tiempos con maridaje incluido) y $185 (8 tiempos). La carta de vinos es tan grande (incluye una apreciable oferta por copa) que se consulta en una Tablet. Intimidante. Las mesas guardan considerable distancia entre ellas y amén del mantel largo y servilletas solo hay un arreglo floral; vasos, copas, platos y cubiertos se ponen y retiran en cada servicio. L@s moz@s (multilingües y plurirraciales) nunca son los mismos pero funcionan como un ballet absolutamente sincronizado. Apenas acomodados en sillas estilo Luis XV llega una copa de cava y una fuente de panes para elegir. Primera lección: la mantequilla orgánica proviene de una sola granja en Vermont donde menos de diez vacas se dedican a producirla. A tono con los tiempos, Thomas Keller pone una nueva cocina californiana muy afrancesada (también dirige The French Laundry, restaurante que llegó a ser el número uno en el mundo), con productos de temporada, presentación artística y una técnica que raya en la perfección. Los primeros bocados son dos clásicos que pruebo con cierta nostalgia, como joyas que van camino a la extinción. Un plato se llama “ostras y perlas” y son servidas con un sabayón de tapioca y caviar, el otro, “conchitas con puré de trufas” acompañadas de manzanas verdes y avellanas tostadas. Después, un desfile ininterrumpido de sabores cuyo protagonismo pasa de las verduras, al pescado, a la carne (me tocó una espectacular lengua de res), al cordero y al cerdo antes de rematar en los postres, otro clásico de la repostería francesa como es el “opera” (absolutamente memorable) y los mignardises, es decir, chocolatitos, pastas y macarrones a discreción. La despedida incluye un sobre con el menú de degustación impreso y una bolsita de tela con chocolatines. Experiencia que vale oro, dicho sea en el más amplio sentido de la palabra. Pese a la enorme satisfacción de todo lo comido me quedó la sensación de haber estado en un tipo de restaurante en peligro de extinción, como si Per Se fuera uno de los últimos dinosaurios que quedan en un mundo que se inclina cada vez más por una cocina sencilla y de mercado, accesible a un público no iniciado pero con capacidad de gasto. La orquesta de mozos tocando una sinfonía como para cine mudo se está extinguiendo porque el glamour, la elegancia y el silencio son adjetivos demodé. Quizás cuando Estados Unidos o Europa despierten de la crisis los dinosaurios sigan ahí. NOTA FINAL. En la lista de San Pellegrino que acaba de publicar sus resultados del año 2011, Per Se figura en el sexto lugar.

4.01.2012

LA MAR EN NUEVA YORK





Por supuesto que La Mar es un restaurante vocinglero. En Nueva York, en San Francisco, en Santiago, en Sao Paulo o en Lima. Es una cebichería cuyo bullicio va creciendo conforme los piscos sour (que los gringos beben sin pausa ni tregua) van haciendo efecto en los comensales.
La Mar está en las antípodas de un restaurante como Per Se, por ejemplo, templo del silencio donde no se escuchan ni murmullos, no solo porque las mesas guardan adecuada distancia entre ellas, sino porque el primer conato de algazara se reprime con elegancia. Me consta. Una mesa vecina a la mía recibió un sexteto de mujeres afroamericanas a todas luces exitosas y divertidas quienes fueron invitadas a trasladarse a un privado del restaurante inmediatamente después de la primera risotada.
La Mar tiene otro concepto, y no es tarea fácil para Gastón vender una propuesta diferente entre restaurantes de alta cocina en el mundo. Él es un pionero y el costo de posicionar “lo peruano” en los paladares del mundo no se hace de la noche a la mañana.
Hace poco un comentarista inglés, a propósito de la inauguración del restaurante Ceviche en el Soho londinense, dijo que el cebiche peruano era insípido porque le sobraba acidez y le faltaba wasabi.
Los peruanos creemos que nuestra cocina es la mejor del mundo, pero todavía falta que el mundo nos conozca. Algunos desaprueban la bulla, otros la decoración que suele ser más colorida de lo habitual. Son características más que pecadillos. Pecados son las inconsistencias en el servicio y el irrespeto a las técnicas de cocción, que el periodista Pete Wells, crítico de The New York Times, desmenuza con conocimiento no exento de sarcasmo.
Aunque dedica cuatro párrafos a criticar la ausencia de guardarropas (es cierto, a mí tampoco me ofrecieron el servicio, pero ¡cuatro párrafos! suena excesivo en ese contexto), alerta apropiadamente ante el desaliño del baño y lanza una bomba atómica cuando refiere su experiencia con el “salmón a lo macho”. No dice que no le gusta, ojo, sino que está mal preparado, lo que es peor. Antes, otros críticos habían mostrado sus reparos con la causa o el ají de gallina, pero eran observaciones palatales no culinarias, y este punto Gastón sí debe atender y remediar de inmediato.
Personalmente yo la pasé estupendamente bien en La Mar. Me sorprendió el cebiche y el tiradito porque llevan verduras y germinados como si fuera una ensalada; me encantaron los anticuchos (un trozo de corazón y otro de lomo) con un par de papitas enanas y ramas de arúgula y disfruté a mis anchas del sudado. Victoriano López, el chef ejecutivo de La Mar, se acercó a nuestra mesa con la bonhomía y sencillez que lo caracteriza. Los vecinos ni se dieron por enterados. Así son los gringos.
El sitio (en el segundo piso) es amplio y estaba al tope, con presencia casi hegemónica de comensales locales; las mesas muy juntas y sí, pues, el jaleo era evidente. Así es mi Perú.

3.23.2012

PUESTO 33



Me gustan los platos que está poniendo Jairo Félix Vílchez en este local que navega cómodo luego de diecisiete meses de travesía.
Es un restaurante bien puesto pero sencillo, con aire acondicionado, servicio alerta, agradable barra y estupenda cocina. No es pretencioso ni sofisticado, más bien está repleto de homenajes. La gigantografía que ocupa una pared es una reproducción del puesto 33 del Mercado Nº 1 de Surquillo, donde la abuela de Jairo tuvo un puesto de verduras. En los individuales de papel reciclado están los nombres de los cinco socios/amigos/mecenas que lo sostuvieron durante el año sabático que pasó en España bebiendo de la avanzadilla ibérica, y luego lo apoyaron para lanzar este restaurante.
Jairo, 26, estudió en D’Gallia y egresó con honores. Una beca y el apoyo de los arriba mencionados lo llevaron por los mejores restaurantes a lo largo y ancho de España. Casa Marcelo, en Madrid; Casa Gerardo, en Asturias; Tragabuches de Dany García, en Málaga; Bohío de Pepe Rodríguez, en Castilla La Mancha. En fin. Buen periplo, gran aprendizaje.
En la primera página de la Carta el comensal encuentra una breve y didáctica explicación sobre el uso del nitrógeno en la cocina. Ahí está la clave de su propuesta culinaria: una síntesis entre los platos del mercado, rústicos y sabrosos, que formaron su paladar, y la técnica de vanguardia, rigurosa y llena de florituras visuales. El chef toma pocos riesgos, porque está cobijado en el puerto seguro de la cocina de mercado; sin embargo deberá cruzar las olas y atreverse a bogar contra la corriente si es que quiere ser el capitán de su propia flota.
En el menú se encuentran cebiches, tiraditos, anticuchos, papa rellena, ossobuco con chanfainita, tallarín rojo y el sugerente aeropuerto, entre otras opciones, felizmente bien dosificadas. La carretilla y el sabor dominguero están ahí, pero de otra manera.
Recomendación para el visitante. Empiece con una nitrostada que el cocinero preparará en mesa y cubrirá con una salsa de asado de tira cocinado con paciencia. El bocado produce un sinfín de sensaciones: frío, caliente, humo, dureza, untuosidad, sabor.
Plato estrella: parihuela seca cocinada en una suerte de fideua y coronada con un chorrito de leche de tigre. Muy logrado.
Plato nostálgico: canutos al pesto hecho en batán con lomo pasado por la parrilla. La molienda en batán es inigualable e impregna adecuadamente la pasta cocinada al dente. El lomo sellado, jugoso, en el punto de cocción solicitado.
Fin de fiesta: iceberg de chirimoya hecho con nitrógeno, sobre sopa de cítricos y caviar de mandarina.
La carta de vinos es mezquina y predominan vinos españoles y argentinos. Jairo es un buen cocinero, pero puede dar más, mucho más. Hay que exigirle y seguirlo de cerca que grandes sorpresas puede dar más adelante.




Av. Primavera 1821, Surco. T. 4066600. Capacidad: 50 personas. Horario de atención: martes a sábados almuerzo y cena; domingo y lunes solo almuerzo. Precio promedio por plato: S/. 35 soles. www.puesto33.com

2.27.2012

EL HORNERO



Historia de éxito es la de don Armando Tafur, el ancashino que empezó de mozo en La Carreta y terminó como gerente general de su propia empresa familiar. Negocio exitoso construido a lo largo de doce años, que no deja de crecer y aumentar su reconocimiento, tal como lo comprueba el ranking de Summum donde figura en el segundo lugar en su categoría. El Hornero tiene cuatro enormes locales (Chorrillos, San Isidro, La Molina y Asia), planea abrir otro de 20,000 metros cuadrados en Pachacamac y seguir hacia donde el olfato empresarial de su mentor los guíe.
Hay constantes que se repiten en los horneros, que van desde la decoración hasta la relación con el cliente. La madera es una de ellas (dicen, quienes lo conocen, que don Armando tiene un hangar lleno de objetos de demolición) o los adornos tipo casa/hacienda donde no faltan ángeles de iglesia (desconozco si auténticos o réplicas). Como buen visionario ha construido una gran cava en el local de La Molina, aunque aún le falta afinar las etiquetas que ofrece para estar a la altura de sus productos cárnicos. El servicio no es profesional pero sí diligente, casi afectuoso, como el que brindaría el dueño de casa a sus invitados.
Como es de imaginarse la oferta de El Hornero se dirige a las carnes (aunque por ahí aparece un insólito salmón y un solitario plato de pescados a la parrilla), servidas generalmente con unas correctas papas fritas y una ensalada que requiere a gritos una revisión, pese a su simplicidad le falta frescura, cuidado en el corte e imaginación en los aliños.
El último atractivo del local es ofrecer a precios inmejorables la archifamosa carne Certified Angus Beef que importan de Estados Unidos en seis tipos de corte. El Hornero es un restaurante con licencia para comercializar esta marca, elegido por sus volúmenes de venta que triplican al de su más cercano competidor. En efecto, la carne es deliciosa, con vetas de grasa (llamadas marmoleo en argot cárnico) perfectamente distribuidas y sin más aderezo que un poco de sal gruesa. Terneza, jugosidad y sabor en cada bocado si es que pide la carne en el punto adecuado de cocción. Las porciones son muy generosas: 400 a 500 gramos, según el corte, al que puede hincar el tenedor más de un comensal. También hay carne argentina que empalidece (en sabor y precio) frente a esta opción.

El Hornero: Avenida Circunvalación del Golf 408, La Molina. Teléfonos: 4368319 y 4371948. Capacidad: 400 personas. Horario de atención: lunes a sábado de 12 a 12. Domingos de 12 m a 6 pm. Precio promedio por plato: S/. 60 soles.

2.13.2012

CHUPE DE LETRAS




Artículo publicado en CARETAS el 9 de febrero 2012

Provocadoras y desatinadas las palabras del escritor Iván Thays respondidas con un sancochado de epítetos entre homofóbicos y racistas de virulencia desmesurada, la mayoría de ellos escritos por personas que se vanaglorian de no conocer al escritor. Extraño por decir lo menos, ya que la prosa del escritor dista mucho de ser provocadora y desinformada como lo fueron sus afirmaciones gastronómicas.
Thays, uno de los escritores más reconocidos de su generación, ventiló su sazón al aire y recibió la desazón generalizada. Esta desproporcionada reacción demuestra dos cosas, ambas graves: intolerancia hacia la opinión del otro y prescindencia de la cultura y sus animadores. Triste corolario para un país con deplorables índices de comprensión lectora.
Lo que hubiera podido ser el inicio de un debate alturado sobre las virtudes y carencias del camino gastronómico se convirtió de la noche a la mañana en un buffet de insultos de grueso calibre, una suerte de catarsis patriótica donde cada uno competía por demostrar que la peruanidad pasa necesariamente por el estómago.

¿HAY BOOM O NO?

Creo que boom es un término engañoso y marquetero, alude a un estallido, a un estado de ánimo súbito más que a un proceso lento, trabajoso y de largo aliento que es el que sigue la cocina peruana desde hace varias décadas.
Muchos están hartos o empachados con el mono-tema gastronómico porque creen que está sobrevalorado; otros sostienen que el rollo exitista de la cocina es un aperitivo autocomplaciente y tranquilizador para mantener a la sociedad mirándose el ombligo orgullosa de sí misma; y hay quienes piensan que la cocina va a salvar al país del hambre, la desnutrición, la ignorancia y el histórico ninguneo.
Las luces que irradia la cocina peruana no son producto del azar ni de la inspiración, sino parte del trabajo esforzado y paciente de muchas personas en el que intervienen cocineros, productores, campesinos, empresarios, comensales, críticos, estudiosos y funcionarios del Estado.
Según los informes de Arellano en los últimos cinco años la gastronomía peruana ha dado un salto considerable. Si en 2006 existían 45 mil restaurantes formales, en 2010 superan los setenta y dos mil, así se crea una cadena de valor estimada en más de 40 mil millones de soles, equivalente al 11% del PBI (¡casi el doble de la producción minera!). Recordemos que la cocina involucra directa o indirectamente a cinco millones de personas, el 20% de la PEA. Es decir, la gastronomía en este momento es inclusiva, generadora de oportunidades de negocio y plato de fondo del orgullo nacional.

EL DERECHO A DISENTIR

Marco Sifuentes en su blog el útero de marita lamenta la falta de una crítica madura, inteligente y didáctica. La otra cara de la moneda es que también faltan lectores inteligentes, maduros y con voluntad de escuchar. No deja de ser contradictorio que en un país que se ufana de su diversidad no se acepten las opiniones diferentes. El derecho a disentir no está en nuestra agenda; las disensiones se responden con insultos, los desacuerdos con descalificaciones personales. Así como el camino de la gastronomía se está construyendo, también los que estamos involucrados en el tema debemos esmerarnos en aplicar un lenguaje que aporte sin destruir, que sirva para reflexionar y avanzar, no para retroceder.

EL LARGO CAMINO DEL APRENDIZAJE

El cocinero Héctor Solís en una charla que dio ante 500 estudiantes de gastronomía en Lambayeque, les pidió que nombraran cinco variedades de ají de su región; ninguno pasó de las tres. Eso es lo preocupante. No que a una persona le disguste el suspiro de limeña o el tacu tacu, sino el profundo desconocimiento de la propia riqueza gastronómica que decimos defender. Esa desidia por aprender, ese facilismo por subirse al carro de la crítica, esa intolerancia demoledora y la poca voluntad por escuchar al otro hace perder de vista las prioridades y la responsabilidad que tenemos como país para posicionar nuestro potencial gastronómico más allá de nuestras fronteras.
Y no se trata de triunfalismo sino de proyectarnos al futuro y construir la globalización de nuestra cocina con una generación de cocineros que conozca y proteja nuestra biodiversidad, que ejercite la ética y la excelencia y sobre todo que sepa escuchar y disentir.
Es importante aparecer en la portada del New York Times y en todos los medios (serios) posibles del mundo porque eso significa posicionar tanto a los restaurantes peruanos en el exterior como a nuestros productos. Es el efecto de un trabajo de largo aliento, no la causa.
La gastronomía tiene un camino larguísimo por recorrer, con indigestiones y empachos, pero siempre con respeto, diálogo, reflexión, crítica y aceptación de la otredad. Somos una sociedad violenta contaminada por años de guerra interna, con una fragilidad narcisista que se prende del incipiente éxito de nuestra cocina para reconocerse. Aprendamos entonces a ser libres y seámoslo para siempre. ¿Utopía? Posiblemente, pero también de sueños se construye el futuro.

12.19.2011

MANIFIESTO





Manifiesto es un agradable restaurante que ingresa por derecho propio a las ligas mayores de nuestra gastronomía. Su cocinero Giacomo Bocchio es un joven tacneño de sonrisa constante y mirada transparente, que despliega una convicción y apasionamiento por la cocina verdaderamente notable. Hace algunos meses abrió este local en Miraflores y poco a poco ha logrado asentar una propuesta que se vislumbraba interesante, pero tenía bríos desbocados, como el toro de lidia cuando se lanza al ruedo. Hoy la serenidad y coherencia marcan una Carta que rinde homenaje a su infancia y a sus mentores: los Roca del Celler de Can Roca y Atala del DOM de Sao Paulo, restaurantes donde Giacomo trabajó, aprendió y redefinió su estilo personal. Su trabajo ha llamado la atención de la guía San Pellegrino que lo recomienda como uno de los nuevos restaurantes a tener en cuenta.
http://www.theworlds50best.com/regional-spotlights/peru/manifesto-esp
Una cocina “limpia”, en el sentido de no esconder el sabor del producto es una constante en sus platos. Por eso prescinde de los aderezos y se aboca a los fondos para lograr un resultado sencillo en su evidente complejidad. Si el producto es su insumo de trabajo, la técnica es la herramienta. Una técnica depurada donde aparecen sferificaciones, polvos deshidratados y cocciones al vacío en prácticamente todos los platos de esencia casera.
El rústico budín de choclo con aromas de anís es casi un bocado etéreo que aterriza con el acompañamiento de un ají de gallina clásico. La papa a la huancaína es una esfera de puré tibio que explota en la boca para mezclarse con la salsa. La tempura de choros apicosada por el togarashi se equilibra con el sutil dulzor del pepino bañado en vinagre de arroz. En fondos la estrella es el cordero de Candarave y mollejas de ternera con ñoquis en aroma de huacatay, plato que no me convenció en anterior visita, pero que hoy encontré con una jugosidad y sabor absolutamente destacable.
A la Carta ha ingresado una carapulca con panceta cocinada al vacío y servida con una ganache de chocolate que vale la pena probar. Se resiente la presencia de pescados (salvo salmón, pez espada y a veces charela), pero la explicación está en el pavoroso desabastecimiento de nuestro otrora pródigo Terminal Pesquero, hoy exangüe por la pesca indiscriminada y por la falta de una política de protección del Sector. Pero ese es otro tema que merece denuncia, discusión y acción inmediata.
Los postres son una verdadera delicia. Señalo tres: el coco y piña con líquido de Malibú (ron de coco) cocinada al vacío y servido con una ligera genoise; la panna cotta con manjarblanco de Moquegua y el coulant de chocolate con helado de kion, suerte de volcán que vierte su líquido al momento de cortarse. Este postre es un homenaje al Celler de Can Roca. Broche de oro de un discípulo competente.

Manifiesto. Independencia 130, Miraflores. Teléfono: 2495533 o reservas@manifiesto.pe Horario de atención: lunes a sábado almuerzo y cena. Cierra domingos. Carta de vinos correctamente seleccionada. Precio promedio por plato S/. 45 soles. Todas las tarjetas de crédito.