10.29.2012

RINCÓN CHAMI


Es la esencia de lo que podríamos llamar tradición. Hace más de cuatro décadas que este entrañable rincón mantiene el mismo menú, la misma sazón, los mismos trabajadores (Carlos, Manuel, Renán, Leonel, Armando, Julián, Vilma, Raúl) y hasta la misma clientela, como la señora Dina D’Aste de Catter, condesa de Savoia (“pero de títulos no se vive, mija”) que visita el local tres veces por semana desde hace 42 años y nunca nada le cayó mal. Mayor garantía imposible.
De su buena sazón dio cuenta CARETAS en 1974, la de la célebre carátula “Pálidos pero serenos”. Por entonces la cocina estaba en manos de su dueña y fundadora doña Mercedes Ludovic de Buendía, quien hace varios años cedió la posta a quienes la habían acompañado en las buenas y en las malas.
Dos mesas largas, una frente a la otra, hacen que compartir, conversar y comer sean un solo acto democrático, amigable, sabroso, como en los huariques de antaño. Una insólita Estatua de la Libertad preside las mesas, sobre ellas nada más que un tazón de cebolla picada y un pote de ají esperan que los comensales se vayan ubicando por orden de llegada.



En la Carta, lo de siempre. Mis preferidos son el caucáu, la carapulca, el sancochado de los miércoles, el tallarín verde con sábana de apanado, el puré de papa con asado, los picarones de los domingos y la chicha morada de todos los días. Las recetas no han sido alteradas en ningún ingrediente ni tampoco la manera de prepararlas.
Mantienen una clientela fiel y creciente, por eso compraron el local de al lado y ampliaron el rincón para triplicar el espacio, esta vez con mesitas y sillas individuales.
El crecimiento los llevó a abrir otros locales: uno en Chorrillos (que acaba de cerrar) y otro en la Avenida Benavides, pero no se deje confundir, la sazón es única y está en Esperanza, como toda la vida.


Calle Esperanza 154, Miraflores. Telf. 4444511. Horario de atención: lunes a sábado de 8 de la mañana a 9 de la noche. Domingos y feriados hasta las 5 pm. Precio promedio: S/. 15 soles. No aceptan tarjetas de crédito. Parqueo complicado (playas de estacionamientos en los alrededores).

10.19.2012

VIAJAR, LEER, COMER

En Montevideo las librerías son más numerosas que las zapaterías. Las hay de dos pisos en hermosas casas centenarias refaccionadas, o pequeñitas tras la puerta de un garaje; en todas hay una cafetería o restaurante que acompaña la lectura o la visita, y sobre todo, un joven y acucioso librero que orienta al lector. Felizmente esa tradición libresca también la tenemos aquí, de la mano de la estirpe Sanseviero, uruguayos de origen, que lo demuestran en sus dos librerías: El Virrey y Sur.
Aunque la gastronomía uruguaya no ha disparado los fuegos artificiales de la peruana, es envidiable ver sus librerías con una amplia y variada sección de gastronomía con títulos que no se consiguen aquí. También tienen una interesante producción de revistas gastronómicas (que tampoco existen acá) y un público enterado e interesado en sus productos de bandera: la cepa tannat y últimamente los aceites de oliva con los que están logrando reconocimientos en el mundo.
Si bien el producto omnipresente en la dieta uruguaya es la carne de vacuno (con sus estrellas como el asado de cuero o el chivito) también impera una cocina mediterránea llevada por los primeros inmigrantes (españoles e italianos) con los que logra interesante fusión.
Uno de los restaurantes visitados fue Rara Avis del chef uruguayo Fernando Pereyra. Ubicado en el centro de la ciudad, el local forma parte del centenario Teatro Solís, bautizado así en homenaje al navegante descubridor del Río de la Plata y hoy Patrimonio Histórico del Uruguay. Este agradable restaurante combina una fachada neoclásica con una decoración ecléctica, en la que el mobiliario Luis XV convive con una cocina moderna, sencilla y bien trabajada apoyada en una sólida cava donde brilla Preludio de la bodega de la Familia Deicas, vino hecho con seis cepas y elegido como el tinto emblemático del local.
Pero una sorpresa más habría de alegrar este viaje gracias a la periodista gastronómica Marcela Baruch, anfitriona de lujo, que me hizo descubrir una pequeña chocolatería que trabaja con cacao de varias partes del mundo, entre ellos un peruano de la zona del VRAE de alta calidad.
Valga una digresión para señalar que el ecuatoriano Santiago Peralta de Pacari acaba de obtener ocho medallas de oro en la Final Mundial de los Internal Chocolate Awards realizado en Londres. Uno de los premiados es el chocolate trabajado con el cacao  Piura-Quemazón. Ojo con este producto que silenciosamente está ubicándose en el firmamento de las estrellas.




10.11.2012

LA BOTICA


Es un huequito simpático que a medio día reboza de clientes, generalmente parroquianos del barrio o hueleguisos de a pie que van en busca de una cocina sencilla y sabrosa, con porciones generosas y recetas que están emparentadas con la memoria y el mercado.
El restaurante toma el nombre de la antigua Botica Maggiolo donde se ubica, un local sin duda centenario del que ha conservado el hermoso piso ajedrezado y una barra de madera que antes fungía de mostrador para vender recetas y hoy sirve de barcito donde pedir los primeros aperitivos.
Es imposible no recordar el Superba y otros huariques de antaño, donde comida y bebida estaban tan emparentados que no es dable distinguirlos. Siguiendo ese mismo concepto, en La Botica se ofrecen  sánguches y chilcanos amén de platos del día en un menú criollo, casero, sabroso y popular, donde destacan las “mollejitas de mi suegra” (S/. 17), caucau de mondongo, escabeche de bonito (S/. 18), pejerrey arrebozado, papa rellena o tallarín verde con apanado. Buena sazón la del cocinero Reinerio Hernández que no tiene más pergaminos que el de haber pasado por varias cocinas de barrio. Porciones generosas servidas rápidamente en un local de alta rotación y sin etiquetas atendido personalmente por sus dueños Rómulo Vinces y César Bedoya.


La Botica: Petit Thouars 3910, San Isidro. T. 4218033. Atención: lunes a sábado de 11 am a 11 pm. Precio promedio: S/. 17 soles.

10.05.2012

EL MENÚ DEGUSTACIÓN


Se pone de moda en la Lima gourmet

Han pasado cincuenta años desde que surgió el movimiento de la Nouvelle Cuisine Francaise encabezado por un puñado de cocineros franceses influenciados por las técnicas de cocina japonesa, que entendieron la necesidad de aligerar la cocina compilada por Escoffier que reinó en hoteles y restaurantes de la Belle Epoque. Fue una rebelión contra una cocina barroca, grandilocuente, fastuosa y de alguna manera emparentada con la arquitectura. El símil no es gratuito. Dos siglos antes, Marie-Antoine Carême (1784-1833), uno de los padres de la gastronomía francesa, dijo que “las bellas artes son cinco, a saber: la pintura, la escultura, la poesía, la música y la arquitectura, la cual tiene como rama principalísima la pastelería”. (Diccionario del Gourmet. Prontuario histórico-gastronómico, de Eduardo Méndez).
Medio siglo después una nueva compilación se cocina en las altas esferas gastronómicas. Así acaba de anunciar el Basque Culinary Center, luego de la reunión anual que culminó el lunes pasado en Tokio. Esta vez se trata de recoger todas las técnicas creadas en el mundo en los últimos cincuenta años para compilarlas en un libro de Historia de la Cocina Moderna.

Pero volvamos a los inicios. La nouvelle cuisine francaise estableció “una cocina de mercado”, con productos del terruño y de la estación, cocciones más breves, abierta a técnicas e ingredientes propios y foráneos y con especial cuidado en la decoración. La manera de nombrar los platos también cambió y se hizo más descriptiva, más personal y ciertamente más larga porque se quería marcar distancia con los productos anónimos para poner en valor tanto la región de procedencia como la frescura del producto.
A partir de la segunda mitad de los setenta este movimiento llega a España y hace carne gracias a cocineros inquietos del País Vasco, Madrid y Cataluña, tanto que desde entonces son los que marcan la vanguardia gastronómica en el mundo. Vanguardia que día a día se enriquece y cambia de eje. Ferran Adrià, uno de los cocineros más influyentes del planeta, ha puesto especial énfasis en las cocinas de Japón y Perú, como historias coquinarias para descubrir y seguir.
En esa década prodigiosa para la gastronomía española reaparece el menú-degustación (omnipresente en los banquetes orientales y franceses) como una reinterpretación del tapeo: esto es, un número significativo de platos servidos en pequeñas cantidades donde los cocineros cuentan “su” percepción de la cocina. Paralelamente, el vino, la enología y las bebidas espirituosas comienzan a tener importancia para el público y se integran a la experiencia gastronómica.

En el Perú podríamos decir que la presencia del menú-degustación es relativamente nueva y en vías de expansión, aunque ningún restaurante se pueda dar el lujo, todavía, de presentarlo en exclusiva, como sucede en muchas otras ciudades, no solo porque es caro y demandante para el cocinero sino porque los comensales no está habituados a consumirlo.
Astrid & Gastón pone un menú de primavera de altísimo nivel que cuenta la historia del Perú en 17 pasos (S/. 335 soles sin bebidas). Incluye librito con fotos y CD.
Central de Virgilio Martínez titula el suyo Experiencia Origen inspirado en diez puntos geográficos (S/. 280 soles. Si opta por maridarlo con diez copas de vinos top sume 180 soles más). El menú impreso en tela, como una suerte de servilleta, se lleva de souvenir.
Maido de Mitsuharu Tsumura pone un amplio menú-degustación de 22 platos con un refinado concepto de la nueva cocina peruana-japonesa (S/. 275 soles; con bebidas, que incluye vinos y cervezas artesanales, suma S/. 390 soles).
Fiesta Gourmet de Héctor Solís no tiene propiamente un menú-degustación establecido, más bien ofrece una experiencia privada para diez comensales con cocina en vivo y productos estrella de la cocina lambayecana preparada en el Gabinete del Chef. Por S/. 350 el comensal puede solicitar tantos platos inéditos como sea capaz de comer.
Maras, el restaurante que dirige Rafael Piqueras tiene un menú-degustación basado en productos de la temporada. Estos meses las estrellas son las papas nativas presentes en 7 pasos a S/. 200 sin bebidas.
La experiencia toma varias horas, que vale la pena invertir y, según el caso, incluye visita al interior de la cocina, allí donde se cuecen las habas. Cincuenta años después, bien vale la pena el intento.

Artículo publicado en CARETAS el 4 de octubre del 2012

9.20.2012

PANAMÁ GASTRONÓMICA



Panamá es una ciudad moderna con rascacielos que miran al mar y un Canal que ha marcado la vida de los panameños. Es un país de tránsito y de destino, pero sobre todo es un puente que une mares, continentes y culturas, mestizaje que evidentemente se refleja en su cotidianeidad, a veces con rigor europeo y otras con relajo caribeño.
Panamá Gastronómica, el congreso internacional que por tercer año consecutivo organiza la reconocida cocinera y docente Elena Hernández, se realizó entre el 30 de agosto y el 1º de setiembre y tuvo como país invitado a Brasil y congregó además a un puñado de cocineros españoles y panameños reunidos en torno al lema “La biodiversidad en el plato”.
No en un afán de subirse al carro de la biodiversidad sino coherente con un proyecto extraordinario que viene gestándose hace varios años y que se inaugurará en el 2014. Se trata del Museo de la Biodiversidad, diseñado por el arquitecto Frank Gehry, responsable de obras tan emblemáticas con el Guggenheim de Bilbao, donde se pretende mostrar, entender y conservar el medio ambiente convirtiéndolo además en una especie de laboratorio para estudiar la evolución de la vida.
No es experiencia aislada. En lo que fuera una base militar norteamericana funciona desde hace varios años La Ciudad del Saber, suerte de foro socrático abierto al intercambio y generación de ideas innovadoras y que intenta cerrar la brecha entre el mundo empresarial y el académico.
En Panamá Gastronómica quedó reflejado ese ir y venir de costumbres culinarias, el intercambio continuo de técnicas de vanguardia con el saber y sabor del istmo, a su vez resultado de corrientes migratorias disímiles que la alimentan hace quinientos años. El reto actual, común al mensaje integrador de América Latina que de alguna manera encabeza el Perú, es construir una variopinta olla latinoamericana que ponga en valor los productos del entorno y entregue al mundo sus sabores propios a la luz de las técnicas de vanguardia.
La escuadra culinaria panameña encabezada por el experimentado Charlie Collins y secundada, entre otros, por Mario Castrellón del Maito y Alfonso de la Espriella de La Trona, dos restaurantes de altísimo nivel, compartieron sartenes con los brasileños Teresa Corcao, Flavia Cuaresma, los Troisgros (padre e hijo), Katia Barbosa y Rodrigo Oliveira (quien nos visitó en Mistura). También fueron ponentes Takehiro Ohno (de elgourment.com de Argentina) con emocionante testimonio de su trayectoria como cocinero que generó pucheros entre el respetable y Jorge Rausch de Colombia quien lanzó un alegato para proteger los arrecifes de coral.
Los protagonistas del Congreso fueron los productos nativos y las recetas panameñas típicas de las fondas (huariques): patacones de plátano verde, carimañolas (empanaditas de yuca), platos hechos con pixbae (delicioso fruto extraído de una palma), los saus (patitas de cerdo) y por supuesto los interminables y variados cebiches que muestran un plato convertido en concepto y luego universalizado. Esta inspiradora y frenética jornada confirma que América Latina tiene mucho que decir, mucho que mostrar y, claro, mucho que aprender.

Fotos: cortesía de Pablo Aued

9.05.2012

PASEO COLON



Simpática coincidencia tener un restaurante comfort food de vecino inmediato de la hermosa librería que los hermanos Sanseviero acaban de inaugurar bajo el nombre Sur. Hago votos porque ambos proyectos encuentren un flujo propicio que los retroalimente.
Paseo Colón, el restaurante de los esposos Plevisani, nace en olor a multitud con una clientela entre farandulera y fashion que encuentra en esta opción sencilla y sin pretensiones un espacio para comer platos clásicos con un recetario de fórmulas bien probadas y correctamente realizadas.
Si bien el concepto comfort food se consolidó como un referente a la cocina familiar que evoca la sazón de la abuela, alta en carbohidratos pero servida en porciones pequeñas, la de Paseo Colón opta por las porciones generosas aunque en los apartados abrebocas, pichanguitas, entradas y ensaladas ofrece platos más ligeros y reducidos.
En su Carta hay tímidos guiños al recorrido del personaje que da nombre al local, como el “ropa vieja con moros y cristianos” de raigambre caribeña o el “lomo Garibaldi a los dos mundos”, y platos populares de la cocina internacional, como nachos, alitas Búfalo o pad thai, pero sobre todo ofrece recetas caseras que conectan directamente con el paladar nacional.
Las papitas rellenas de queso (S/. 9), la sopa criolla de carne (S/. 26), el arroz con pollo combinado con papa a la huancaína (S/. 28) o la pollada le pulé (S/. 38) andan a caballo entre la comida del mercado y de la carretilla, con un sabor honesto y sin florituras que se evidencia incluso en la presentación.
En los postres veo una intención más divertida al reinterpretar los clásicos: ranfañote con helado (S/. 16), pie de maracuyá (S/. 18) o cheesecake de maíz morado (S/. 22).
El local es amplio, relajado, ruidoso y un tanto oscuro, tiene una amplia terraza toldada y un par de ambientes interiores que alternan con el bar. La atención es amable y distendida llegando incluso a la distracción, lo que se acentúa por el volumen alto de la música ambiental.
La Carta en papel bond con la foto de un carro americano de los años cincuenta, refuerza la sensación de una divertida levedad anclada en la tradición.

Avenida Pardo y Aliaga 697, San Isidro. Tel: 2225555. Horario de atención: de lunes a domingo de 10 am a 11 pm. Fines de semana hasta la 01 am. Capacidad: 160 personas.

8.24.2012

ámaZ




Desde la grafía Pedro Miguel Schiaffino intenta mostrar que este nuevo emprendimiento gastronómico es juguetón, diferente y lleno de interrogantes. 
Toda la puesta en escena lleva a desnudar un territorio tan misterioso como desconocido y ciertamente poco explorado culinariamente. 
El Perú vive de espaldas a nuestra Amazonía tanto que, en el colmo de la paradoja, nosotros mismos consideramos exóticos los productos que de ahí vienen. 
No estamos familiarizados con tucsiches, guasacacas, dendé, cachapas, casho, miskipanga o pishpirones. No solo los nombres nos son ajenos, también los sabores y las técnicas que ahora Pedro Miguel invita a descubrir en un juego que depende tanto del comensal como del cocinero.
El local tiene dos ambientes claramente diferenciados: la zona del bar, amplia y luminosa donde se han instalado mesas sencillas como para probar aperitivos y tapas; y la del comedor propiamente dicha, a media luz, con apartados que simulan “pupas” (casitas de la Selva) tejidas con fibra vegetal, mesas redondas con un centro giratorio, como en un chifa, y un techo sui generis que crea un clima especial.
La comida todavía tiene altibajos y debe ajustarse tanto el ritmo con la cocina (50 minutos de espera es excesivo) como la propia concepción de los platos. Brilla con los tostones rellenos de una suerte de tartar de atún y decae con el tacacho con cecina (un tanto seco y desabrido), vuelve a levantarse con el inchicapi de gallina (sopa de harina de maíz con camaroncitos crujientes), logrado plato mar/tierra en una interpretación personal que aporta al resultado, y desfallece con el cordero en salsa de maní. Tengo la impresión que platos como el revolcón amazónico y la ensalada de chonta son buenos referentes del camino por el que debe transitar ámaZ. Cocteles y postres están muy bien resueltos, no solo por la cuota de imaginación sino porque el dulzor está perfectamente balanceado.

El restaurante ofrece la saludable práctica de las medias porciones, lo que anima poner los platos al medio y probar más opciones. Se nota que el servicio está entrenado pero al tener que explicar y traducir los términos de la Carta el tiempo de atención necesariamente se incrementa. Hay que darle un poco de tiempo porque la apuesta de Pedro Miguel definitivamente vale la pena.

ÁmaZ. Av. La Paz 1079, Miraflores. Tel: 2219393, reservas@amaz.com.pe. Horario de atención: lunes a domingo de 12 m. a 3.30 pm y de 7 a 11.30 pm. Precio promedio por plato: S/. 45 soles. Descorche S/. 50 soles. Capacidad: 100 personas.

Artículo publicado en la revista CARETAS el 23 de agosto del 2012

8.21.2012

SYMPOSIUM



Consolidado como el mejor restaurante de cocina italiana por segundo año consecutivo según la guía Summum, Symposium es un clásico en su estilo que no ha sucumbido al empalagoso boom gastronómico.
Un local sobrio, con mesas en fila vestidas con platos, servilletas, copas y cubiertos, un bar amplio en semipenumbra inducida por la iluminación y música que permite conversar ponen el sello europeo desde el umbral.
La cocina de Marco Antino es refinada, elegante, con mucha técnica y evidente culto a la estética. Se engañan quienes creen que la cocina italiana es sencilla, parece fácil cuando se respetan los puntos de cocción, cuando los ingredientes empleados son de primera calidad y cuando las salsas no invaden al producto que protagoniza el plato. Lo que es evidente en risottos y pastas artesanales (espaguetis al vongole con aceitunas y alcaparras, tagliolini de conejo, risotto con azafrán y trufa blanca de Alba).
Me da la impresión que la racionalidad con la que se concibe cada plato prima sobre el sentido de humor o el divertimento. Es una opción, claro, absolutamente legítima, pero echo en falta un poquito de osadía, una vuelta de tuerca que abonaría a favor de una cocina moderna más a tono con estos tiempos.
Marco tiene platos magníficos como la ensalada de pulpo que no tiene más aliño que un chorro de balsámico y otro de aceite de oliva (ambos italianos), el tartar de lomo con huevo escalfado y miel de trufa blanca que se mezcla en mesa ante el comensal, o el prosciutto con mozzarella de búfala que termina siendo un bocado espléndido sin sabores que lo distorsionen. En fondos pone una estupenda tagliata, bife con arúgula y costras de parmesano, y unas costillitas de cerdo con fondo de Marsala. Los postres valen en sí mismos y la oferta es casi tan amplia como la de salados: impecable sabayón, creme brulée como para golosos, tiramisú correcto y panacota para repetir.
La Carta no es abundante, sin embargo es recomendable dejarse guiar por las sugerencias del chef, siempre presente en el local (lo que se agradece). 
Lo que sí es pródiga es la Carta de vinos, definitivamente una de las mejor surtidas de la ciudad, sobre todo por su imbatible oferta de vinos italianos y franceses amén de etiquetas de prácticamente todas las zonas vitivinícolas del orbe (desde un Petrus de trece mil soles botella a un Críos de 91 soles). Con semejante oferta de vinos se extraña la presencia habitual de un somelier (ausente en mis tres últimas visitas) a cargo de la cava y de las recomendaciones en mesa.

Dirección: Santa Luisa 122, San Isidro. Tel: 2213397. Horario de atención: lunes a sábado almuerzo y cena. Precio promedio por plato: S/. 55 soles. Capacidad: 50 personas. Valet párking. Se aceptan todas las tarjetas de crédito. Descorche: primera botella libre, a partir de la segunda S/. 30 soles por botella.
  

8.07.2012

EL PALACIO DEL SANCOCHADO


Es gratificante encontrarse con un restaurante que sobrevive al tráfico, a la moda y al crecimiento urbano, fiel a la riesgosa apuesta de ofrecer un único plato durante todos los días a lo largo de 31 años, cumplidos el pasado 24 de julio.
Una afección hepática obligó a don Juan Ruggiero a comer todo sancochado durante varios meses. Ahí descubrió las bondades de este saludable y consistente plato que se consume en todo el Perú desde la época de la Colonia.
Hijo del cocido madrileño que a su vez lo es de la adafina árabe (legumbres y carnes cocinadas largamente en olla de barro que luego se sirven en dos tiempos: el caldo y el resto), el sancochado de este palacio recoge la versión limeña austera en ingredientes aunque exuberante en cantidad.
Consta de un buen trozo de carne de punta de pecho, choclo, yuca, papa, col, zanahoria y una generosa porción de arroz (excesiva para mi gusto). Aparte, un platito de parcos garbanzos con tiras de cebolla que funcionan como salsita criolla, pocillos con salsas de ají de diversos picores y una taza de caldo. No hay entradas, ni café, ni postres. Acaso la única licencia sea el “vino de la casa”, eufemismo que designa ese vino dulzón tipo borgoña, tan caro al paladar de los peruanos y tan ligado a nuestra historia gastronómica.

La casa familiar de los Ruggiero, convertida en un restaurante-museo que delata el espíritu anticuario de su dueño es una suerte de homenaje a la Lima de los sesenta, cuando el epicentro del movimiento estaba en la Avenida 28 de Julio y la vista se perdía en los hermosos Jardines de la Exposición. Es divertido observar la colección de cámaras fotográficas, de teléfonos y equipos de sonidos, de boinas, sombreros, porcelanas y un sinfín de artilugios que formaban parte de la vida cotidiana décadas atrás.
La sensación del tiempo detenido se acentúa con los parroquianos que visitan el local. Es inevitable contagiarse del aire de familiaridad que trasuntan las ventanas cubiertas de visillos hechos a crochet o la mesa vestida con mantel de tela y servilletas de papel. Pese al deterioro hay una digna pulcritud en los detalles que le dan un toque entrañable al local.

El Palacio del Sancochado. Avenida 28 de Julio 990, Cercado. Teléfono: 3310789. Precio: S/. 38 soles. Puede estacionar en el parqueo del vecino Parque de la Exposición. Horario de atención: de lunes a domingo de 12 m. A 5 pm. No se acepta tarjetas de crédito.

8.01.2012

LA FRITERIE BELGA


Hace tiempo que el huarique dejó de ser el huequito escondido, barato, frecuentado por conocedores que buscaban “el” plato especial de la casa. En los últimos años, algunos se han reconvertido en recreos turísticos con kilométricas Cartas donde ofrecen de todo; y otros han devenido más bien en restaurantes “de culto”, por llamarlos de alguna manera, que atienden a puerta cerrada, no tienen Carta sino platos especiales por los que cobran precios altos.
Sin embargo, hay pequeños negocios que están prosperando y andan a caballo entre la taberna, el huarique y el bar de tapas. Un ejemplo es La Friterie Belga cuyo dueño y cocinero tiene una historia de novela que pasa por Chimbote donde nació, Bélgica donde se crió y aprendió carpintería y África donde desarrolló gran parte de su actividad profesional en hoteles y restaurantes. Hace tres años Yannick Banik regresó al Perú en busca de papeles que certificaran su nacimiento y sin saber una palabra de español (ahora habla ocho idiomas). En Chimbote fue recibido como un hijo pródigo, se instaló en Lima y abrió La Friterie (típico local belga de comida rápida). Luego de 27 años en África mantiene su restaurante Massa Massa en Senegal y el récord de ser el primer fabricante de foie gras en un país dominado por musulmanes.
En la Friterie Belga se encuentran salchichas y embutidos caseros (fricadelle) servidos con unas maravillosas papas fritas en doble cocción, según la técnica belga, y salsas sofisticadas (bearnesa, archiduc, dijonnaise, de mostaza y pimienta verde). Pone platos a la Carta como el tartar de carne (mejor que el de muchos restaurantes encopetados), albóndigas de Lieja (S/. 16) o lomo saltado (S/. 18) y butifarras con carne prensada y aderezada  por el propio cocinero. El foie gras y las cervezas artesanales (tiene más de un centenar en la memoria) son tareas pendientes que espera ofrecer a mediano plazo. Ojalá sea así.



La Friterie Belga. Esperanza 264, Miraflores. T. 2438652 (atienden delivery). Atención: lunes a sábado de 10 am a 9 pm. Precio promedio: S/. 17 soles.

7.23.2012

EL AJÍ NUESTRO DE CADA DÍA


Artículo publicado en la Guía de Restaurantes 2012 de la revista ETIQUETA NEGRA

Alguna vez se preguntó a un público variopinto ¾entre conocedores, curiosos, espontáneos y académicos¾ cual es el plato que mejor representa al Perú. Las respuestas se inclinaron por el cebiche, el lomo saltado, la ocopa, los anticuchos y el pollo a la brasa. Todos estos platos emblemáticos (así como la gran mayoría del recetario nacional) llevan ají como ingrediente básico e insustituible. Es decir, este díscolo y polifacético ingrediente tiene el ADN del Perú impregnado en sus semillas.

Por algo ha sido cantado, recitado y loado en diferentes momentos por cronistas, escritores, poetas, compositores y refraneros de variada laya. Una deliciosa muestra se encuentra en “De cocina peruana. Exhortaciones” de Adán Felipe Mejía (1896-1948) más conocido como ‘El Corregidor’ quien en el acápite dedicado a los ajíes dice los siguiente:

“Teníamos ají de todas índoles.
De todos los matices.
¡Policromía del ají!
Fresco. Seco. Reseco.
¡Mirasolado!
De todos los picores…
Agresivos, tremendos.
Semiviolentos.
Coléricos.
Irónicos.
Satíricos.
Mordaces.
Morigerados.
Tiernos, hipocritones.
Dulces… ¡Mendaces!
¡Y de todas las formas!
¡Y de todo tamaño!

UN POCO DE HISTORIA

¿Desde cuando se consume ají en nuestro país? Probablemente desde la noche de los tiempos, cuando el primer habitante de estas tierras descubrió el fruto e inició un ardiente romance que continúa inalterable hasta hoy.

Los testimonios arqueológicos más antiguos datan ocho mil años antes de la era cristiana, y se ubican en la cueva Guitarrero en Yungay, Ancash donde se encontraron rastros de este ingrediente, como también se hallaron semillas de ají en el complejo arqueológico Huaca Prieta (2500 a.C.), es decir, antes de que los peruanos empezaran a usar la cerámica. Si uno observa el famoso Obelisco Tello perteneciente a la cultura Chavín (3000 a.C.) verá una representación gráfica de un racimo de ajíes y una flor. Esta imagen temprana se verá luego multiplicada en vasijas, huacos, mantos y textiles de culturas posteriores.

Valga una digresión para comentar que gracias a la colaboración de la empresa privada en proyectos arqueológicos vinculados a la gastronomía, actualmente se están sembrando milenarias semillas de ají mochero encontradas en las huacas para rescatar el sabor auténtico de este ají ¾pervertido con el correr de los años por la inopia, la ignorancia o una burda visión mercantil¾ y desarrollar la línea de Denominaciones de Origen que merece nuestra inigualable despensa. “Nuestros ajíes deben ser un instrumento para reforzar la relación entre gastronomía y biodiversidad que está en manos de más de tres millones de pequeños agricultores, esencialmente pobres, que producen cerca del 70% de los alimentos que consumimos”, dice el ingeniero Roberto Ugás, investigador de la Universidad Agraria La Molina.

Volvamos a nuestra historia. Según el doctor Carlos Elera Arévalo, director del Museo Sicán y flamante director de la Unidad Ejecutora Naylamp 111, el consumo de ajíes en el antiguo Perú fue rutinaria entre los pobladores del litoral. En sus investigaciones arqueológicas encontró que los hábitos alimenticios de los descendientes muchik, distribuidos en los pueblos de Lambayeque, Jequetepeque, Chicama, Moche y Virú, incluyeron el consumo de crustáceos con tanta frecuencia como el de ají y sal. Esta teoría está avalada por el hallazgo de chacras hundidas con cultivos de ají mochero pertenecientes a la cultural salinar (400 a.C. -100 a.C.) plantaciones que alternaban con otros alimentos tradicionales como los zapallos, los frejoles y los maíces. (“Ajíes peruanos, sazón para el mundo”, Apega, 2010).

En el sur del país, los ajíes y rocotos fueron descritos tempranamente por cronistas como el Padre Acosta quien habla “de la natural especería que dio Dios a las Indias de Occidente (…) que en Castilla llaman pimienta de las Indias, en Indias por vocablo general tomado de la primera tierra que conquistaron nombran ají, en lengua del Cuzco se dice uchu, y en México chili”.

Todas las evidencias apuntan a sentar el acta de nacimiento del ají en la zona altiplánica que comparten Perú y Bolivia. “Ni los mejicanos respaldados por un ejército de ‘chiles’ discuten esa verdad”, escribió con delicioso humor el científico Fernando Cabieses en el libro “Antropología del ají”.

Dice que el género capsicum, al que corresponden todos los ajíes del planeta, se originó hace veinte mil años. Existen alrededor de treinta especies diferentes, pero solo cinco de ellas han sido domesticadas, las demás son silvestres y todas vienen de Bolivia.

Probablemente fueron los pajaritos los que se encargaron de trasladar las semillas desde los Andes hasta México, desperdigándolas en el camino por diferentes suelos con climas y ambientes distintos que por supuesto dieron origen a variedades impensadas gracias a las manos de los agricultores de entonces. El ají fue una de las primeras plantas domesticadas en América del Sur.

La hipótesis de los pájaros mensajeros no es descabellada si tenemos en cuenta que las aves son incapaces de sentir el picor del ají. Además, anota Cabieses, las aves digieren bien la fruta pero la semilla del ají tiene una cobertura refractaria a los jugos digestivos de las aves, por lo que esas semillas no pueden ser procesadas, ni digeridas, ni destruidas. Se expulsan tal cual luego de varias horas de vuelo. Fue así como las aves sembraron ajíes desde la cuenca del Amazonas a la del Orinoco y el Río de la Plata, incluyendo México y el Caribe.

Tan importante fue el ají entre los primeros peruanos que su existencia se registra en la leyenda fundacional de los Hermanos Ayar. Relata el mito que Ayar Manco, Ayar Cachi, Ayar Uchu y Ayar Auca acompañados de sus cuatro hermanas salieron de la cueva de Pacaritambo para buscar una tierra fértil donde fundar el imperio, que finalmente hallaron en el Cuzco. Cachi significa ‘sal’ y Uchu ‘ají’ y este hermanamiento entre el mundo vegetal y mineral también demuestra el sentido de complementariedad de ambos elementos en el mundo andino. Se sabe que los Incas rompían el ayuno ritual con un poco de ají otro de sal y un sorbo de chicha, y es muy probable que este fuera el primer bocado ofrecido por el Inca al conquistador Francisco Pizarro.

CONDIMENTO, CASTIGO, TRUEQUE Y MÁS

Los cronistas se encargaron de registrar el profuso uso de los ajíes en la cocina prehispánica. “Lo echan en todo lo que comen, sea guisado, sea cocido o asado, no lo han de comer sin él”, escribió Garcilaso de la Vega en Comentarios Reales de los Incas (1609). De otro lado, Miguel de Cúneo acompañante de Cristóbal Colón en sus viajes de descubrimiento en una carta fechada el 28 de octubre de 1495 refiere que “en aquellas islas hay plantas parecidas a las aulagas, que dan un fruto igual de largo que del canelo, llenas de pepitas picantes como la pimienta.  Estos caribes y los indios comen esos frutos como nosotros comemos manzanas”. De hecho, la cocina inca conoció y empleó distintas variedades de ajíes como el arnaucho, el rocoto, el ají montaña, el chinchuicho y otras especies que crecían en las montañas de Madre de Dios.

Se cree que durante la época incaica no existía el intercambio  de monedas como valor de trueque, aunque sí de mercancías de carácter utilitario a las que se asignaban un valor determinado de intercambio. Con estas mercancías se podía pagar trabajos, como el de chamanes, cargadores o guerreros, o comprar artículos diversos. El maestro Luis E. Valcárcel señaló que el manojo de ajíes secos o ranti servía como unidad de cambio.  “Era una forma de comercio más elaborada que el simple trueque de productos. El ají, junto con las hojas de coca, fue uno de los objetivos preferidos como moneda/mercancía”. (Ajíes peruanos, sazón para el mundo. Apega, 2010). Aunque parezca mentira, su uso como medio de trueque sobrevive todavía en algunas regiones serranas alejadas, constató el maestro Cabieses.

El versátil ají no solo sirvió para el placer de comer sino también como instrumento de tortura y suplicio, tal como relata la novela histórica Narración de una conquista (citada por el doctor Cabieses) sobre el tormento que Huáscar le hizo aplicar a Colla Túpac, uno de los albaceas de su padre, Huayna Cápac. Dice así:

“Unos pasos más allá, una hoguera vomitaba llamas y humo bajo un gran marco de madera del que colgaba una cuerda amenazante. Dos esbirros se acercaron a Colla Túpac, lo derribaron brutalmente y amarraron la cuerda a sus pies para después izarlo en el aire, cabeza abajo, balanceándolo como un convulso péndulo de carne que marcaba un ritmo horripilante sobre el humo enceguecedor… Este humo que ahora se espesaba y hervía en gruesos espirales amarillentos. Las llamabas había sido ahogadas por una gruesa capa de ají seco que el verdugo echó sobre el fuego… Balanceándose sobre el humo cáustico, Colla Túpac se retorcía y contorsionaba en una convulsión estrangulada por la tos y por el vómito, sofocándose entre las fieras nueves del vapor asesino, ahogándose, luchando por una bocanada de aire limpio, su voz agarrotada por silbidos rasposos, exprimidos de los pulmones incendiados y la lengua amoratada y negra, cubriéndose de un brutal flujo de gruesa espuma sanguinolenta. Y el cuerpo pronto inerte, meciéndose ahora en silencio”. ¿Más realismo? Imposible.

Esta crueldad no fue patrimonio de nuestro imperio. Grabados del Antiguo México muestran a un padre de familia castigando a su hijo haciéndolo inhalar el humo del chile.

Posteriormente, propiedades bastante menos desalmadas adornaron el ají a la luz de la ciencia y la medicina popular. Se le atribuye efectos estimulantes sobre el sistema digestivo, es eficiente para tratar picaduras de insectos, curar el “mal de altura” y aliviar el estreñimiento. Comido con moderación incita el deseo sexual, elimina las vinagreras y calma el dolor de muelas. Usado como cataplasma detiene el asma, la toz persistente y el catarro; molido es bueno para curar anginas; tostado detiene los mareos; y en polvo elimina los piojos. El listado expiatorio continúa: es diurético, funciona como abortivo, retarda la vejez, detiene la calvicie y sirve como anestésico local, entre otras virtudes.

Valga señalar en este punto que el vocablo ‘ají’ es de origen Caribe y proviene del lenguaje taino. Cuando los españoles llegaron a México se encontraron extensos sembríos de ají, que en lengua Nahuatl se llamaba ‘chili’. Nuestro nativo ‘uchu’ desapareció del lenguaje diario durante la Colonia, aunque quedó perennizado en un plato típicamente mestizo como el anticucho y en la uchucuta  que es como en Ayacucho denominan a la salsa de ají.

LA RUTA DEL AJÍ

Convenimos entonces que el ají salió del altiplano y se extendió hasta el golfo de México. Luego de las avecillas viajeras, otro viajero se encargó de expandirlas al mundo. Fue Cristóbal Colón quien en su primera aventura trasatlántica llenó sus bodegas de ají y las llevó a España en 1493. No andaba desencaminado el navegante ya que rápidamente entendió que usado en cantidades apropiadas el ají ayudaba a tolerar los alimentos apiñados y deteriorados durante el largo almacenamiento.

Apenas llegado a la península ibérica, el ají se extendió a Europa, los portugueses lo llevaron en sus expediciones por la costa africana, la India y el Medio Oriente y los turcos lo comercializaron en Constantinopla y los Balcanes La expansión fue tan vertiginosa que, en 1541, mientras Francisco Pizarro moría en Lima, en la India ya se cultivaban tres variedades de ají (la fuente sigue siendo la del inigualable maestro Cabieses). Señala además que nuestro ají fue bautizado como pimiento de Pernambuco, pimiento de la India o pimiento de Calcuta, según de donde llegara el comercio en esos frenéticos años en pos del descubrimiento de especies, tesoros y territorios.

No es exagerado afirmar que el ají es el condimento más generalizado en el mundo entero, aunque, ironías de la vida, dentro de los principales productores mundiales no figuraban hasta hace una década ni Perú ni Bolivia ¾padres de la criatura¾ sino China, India, México y Estados Unidos. Afortunadamente, apenas despuntado el nuevo siglo nuestras exportaciones de ají fresco mostraron tasas de crecimiento importante, tanto que en cinco años se incrementaron en 88% posicionándose el ají amarillo por su volumen (78%) como el producto bandera del Perú.

Según datos recogidos por Apega (Sociedad Peruana de Gastronomía), el gran mercado mayorista de La Parada recibe diariamente un promedio de 60 toneladas de ají amarillo procedentes de los valles de Huaral, Chancay, Huarmey y Cañete. Es decir, un millón y medio de ajíes amarillos cada día. Y en cuanto a exportaciones de ají, el año pasado cerró con más de US$ 100 millones de dólares a mercados exigentes como España y Estados Unidos. Además, una agroindustria paralela se desarrolla con brío a través de ajíes envasados, pastas de ají, salsas como la ocopa y la huancaína y alimentos procesados con sabor peruano.


SOMOS LO QUE COMEMOS
        
El ají pertenece a la familia de las solanáceas, plantas herbáceas y cosmopolitas que se encuentran esparcidas prácticamente por todo el mundo. En esta familia se encuentra la papa (solanum tuberosum), el tomate (solanum lycopersicum), la berenjena (solanum melongena) y los ajíes y pimientos (capsicum). Dentro del género de los capsicum, que es el que nos interesa en esta historia, hay especies cultivadas y otras silvestres, es decir, las que provienen de huertos caseros o se recolectan estacionalmente.

No existe aún un inventario de especies, confiesa el ingeniero Roberto Ugás, investigador y docente de la Universidad Nacional Agraria de La Molina, sin embargo tienen registradas “250 entradas al banco de germoplasma”, de las cuales el 30% son productos duplicados o llevan el mismo nombre siendo distinta variedad o siendo de la misma variedad tienen denominaciones distintas. En cualquier caso, el suelo, el clima, la altura y otras condiciones bioclimáticas condicionan las diferencias.

Gracias a investigaciones realizadas desde hace varias décadas  se logró determinar que hay cinco especies cultivadas de capsicum, y las cinco se encuentran en el Perú: capsicum pubescens (rocoto), capsicum frutescens (pipí de mono, charapita, arnaucho), capsicum baccatum (el más conocido en el Perú, a esta especie pertenecen el ají mirasol, el escabeche, pacae, cacho de cabra, ayucllo), capsicum chinense (panca, colorado, mochero, ají dulce, limo) y capsicum annuum (cerezo). A esta última especie, por ejemplo, pertenece la gran mayoría de ajíes mexicanos quienes gracias al trabajo y sapiencia de sus pobladores lo domesticaron, cruzaron, entrecruzaron y consiguieron una admirable variedad de ajíes que forman parte de su vasta cocina y su bien cimentado orgullo gastronómico.

A estas alturas de la historia no cabe ninguna duda que somos la civilización de la papa tanto como la del ají. Nuestra cocina clásica incluye rubros genéricos como “picantes” o “ajiacos”, amén de salsas imprescindibles que combinan productos varios pero siempre con la presencia recurrente del ají que es finalmente el ingrediente que le da carácter y personalidad.

Es inconcebible la elaboración de buena parte del recetario nacional sin la base de un aderezo que parte de una pasta o puré de ají ¾seco, fresco o rehidratado¾ y mezcla dos o más variedades de ají que aportarán, según el plato, aroma, color o textura. Aderezo que se repite a lo largo y ancho del país sin más cambios que los que genera el particular sabor de los productos de la zona.

El primer recetario de cocina publicado en el Perú en 1867 vio la luz en Arequipa, en la imprenta de Francisco Ibáñez y se llamó La mesa peruana o sea el libro de las familias. Allí se registra la manera de preparar una salsa de ají, receta que permanece prácticamente inalterable hasta nuestros días. Dice: “Se toman seis u ocho pimientos secos (ají colorado), se bota la simiente y se tuestan en ceniza caliente. Hecho esto, se sacude, se pone en el batán con una cebolla asada, una papa cocida y sal. Se muele bien y puesto en el plato se sazona con una cucharada de aceite”. Cualquier parecido con la actualidad no es mera coincidencia.

“La cocina arequipeña emplea con profusión esa paleta de aderezo básico de raíz nativa (pasta de ají) y complemento hispano (el sofrito de ajos y cebollas en que debe cortar o agarrar el punto), pero utiliza también una variante fría del preparado para la elaboración de uno de sus principales aportes: la ocopa.”, señala el poeta Alonso Ruiz Rosas, autor del monumental libro La gran cocina mestiza de Arequipa.

Amamos el ají y gracias a este incandescente enamoramiento que no muestra visos de cansancio, las picanterías y comederos populares, verdaderos templos de las tradiciones mestizas, rinden tributo, día a día, plato a plato a este invencible producto que fogoso y enardecido sigue provocando suspiros, lágrimas, comezones y apetencias. Los peruanos nostálgicos lo llevan de contrabando en la maleta o lo buscan en los mercados étnicos, mientras los migrantes regresan a sus pueblos en busca del sabor particular del aderezo que les formó el paladar en la infancia. Sin ají no hay ni sabor ni alegría. Lo más probable es que luego del primer bocado los picores queden relegados o subordinados porque como bien apunta el refrán “sarna con gusto no pica”.





7.19.2012

SUMMUM 2012


Central de Virgilio Martínez es el número uno en el ranking de Restaurantes Top del Perú que organiza la guía Summum con el apoyo de Ipsos Apoyo.
Esta valiosa iniciativa que partió hace cinco años de la gourmand María Rosa Arrarte no solamente es un esfuerzo descomunal por tener un mapa gastronómico actualizado de los restaurantes de Lima y las principales ciudades del país, sino una herramienta indispensable para el creciente turismo gastronómico interesado en conocer las novedades y tendencias culinarias de un país qué llama la atención del mundo.
Luego de un lustro de trajines, Summum afina sus categorías, descongestiona las opciones y establece el peso de sus votantes, tanto que en opinión de los entendidos los resultados de este año han sido “los más justos” de su trayectoria.
Ciertamente falta seguir ajustando criterios. No me queda claro si la incorporación diferenciada de cocina japonesa y nikkei aporta o confunde al votante. También es confusa la opción de incluir en un solo rubro a somelieres y consultores porque resiente la elección.
Fuera de estos detalles, creo que la guía Summun refleja el dinamismo y los cambios de nuestra cocina. Por eso el primer lugar otorgado a Virgilio Martínez y su restaurante Central no es más que el reconocimiento a una cocina honesta basada en el producto y en la técnica, innovadora y academicista, con memoria del pasado y proyección al futuro. Definitivamente un buen momento para este joven cocinero que se internacionaliza a través de su flamante restaurante Lima en Londres que, valgan las coincidencias, inauguró el mismo día en el que recibía el premio Summum.
Me encanta la categoría Nuevo Restaurante porque nos va insinuando lo peliagudo que será la justa el próximo año. En primer lugar quedó Maras del gran Rafael Piqueras, seguido por Carnal (que si no mejora pasará sin pena ni gloria al olvido), Madam Tusán (exitoso y sin pretensiones), Lima 27 (se ha puesto las pilas), el simpático Saqra (merecida mención), Almazén (cocina orgánica), L’ Artisan (cafetería y cocina light con panadería de autor), Pampa de Amancaes (comida criolla) y Tr3s (sorprendente emprendimiento en el emporio Gamarra).
Otro detalle a destacar es la insistencia de María Rosa para poner nombre y apellido al servicio, tanto del Jefe de Salón con del Mozo, tema que la mayoría de comensales no registra a la hora de evaluar la experiencia gastronómica. Un acierto.

Estos son los top 20 de Lima durante el año en curso:

1. CENTRAL de Virgilio Martínez
2. RAFAEL de Rafael Ósterling
3. ASTRID Y GASTÓN de Astrid Gutsche y Gastón Acurio
4. LA GLORIA de Óscar Velarde
5. MALABAR de Pedro Miguel Schiaffino
6. FIESTA CHICLAYO GOURMET de Héctor Solís
7. EL MERCADO de Rafael Ósterling
8. LIMA 27 de Carlos Testino
9. CALA de Alfredo Aramburú
10. SYMPOSIUM de Marco Antino
11. MAIDO de Mitsuharu Tsumura
12. PERROQUET de Jacinto Sánchez
13. PANCHITA de Gastón Acurio
14. MARAS de Rafael Piqueras
15. PESCADOS CAPITALES de Nguyen Chávez
16. LA MAR de Gastón Acurio
17. MAYTA de Jaime Pesaque
18. VALENTINO de Duilio Giannattasio
19. EL HORNERO de Armando Tafur
20. JOSÉ ANTONIO de familia Graña