4.17.2013

BUENOS MUCHACHOS



Hace menos de un mes el cotarro gastronómico local se alborotó con la sigilosa presencia de dos guapos, mediáticos y famosos cocineros: Anthony Bourdain y Eric Ripert. A través de las redes sociales los afanosos reporteros gastronómicos se pasaban la voz: “están en Pucusana en casa de Marisa Guiulfo”, “los vieron en ámaZ”, “van donde Javier Wong a mediodía”, “se fueron a la Selva a seguir la ruta del cacao”, “el sábado irán a A&G”. Todo era cierto, porque estos ubicuos personajes se dieron maña para hacer de todo y en todo sitio. Yo me los encontré una noche en la puerta del hotel, fumando relajadamente mientras esperaban el auto que debía transportarlos sábelo dios dónde.
Bourdain y Ripert son dos personas sencillas, conscientes de su fama, que no se alborotan cuando algún curioso los aborda para solicitarles un autógrafo. De hecho, hubo un par de chicas que se acercaron lapicero en mano mientras yo intentaba concretar una entrevista con ellos.
No es la primera vez que los divos visitan nuestro país. En esta ocasión, Bourdain venía a grabar el programa “Parts Unknown” que se transmite vía CNN y que dedicó un capítulo a la producción de nuestros valles cacaoteros en el Alto Marañón (el programa se emitió hace tres días). Bourdain y Ripert conocen bien el cacao del Perú, tanto que ambos lanzaron al mercado el año pasado el chocolate Good & Evil hecho con cacao peruano.
Ripert, el chef ejecutivo y propietario de Le Bernardin con tres estrellas Michelin y cuatro del The New York Times es un pata de gran sensibilidad social. Anualmente su restaurante dona más de 15,000 kilos de alimentos (pescado, carnes, vegetales) a la organización City Harvest creada para combatir el problema del hambre en Nueva York. Incluso, mantiene un menú fijo bajo el nombre de la organización con la que recauda fondos regularmente para apoyar el trabajo de esa ONG.
Son dos buenos muchachos que de alguna representan la imagen del nuevo cocinero en el mundo: solidarios, creativos, fashion, muy mediáticos y muy mundanos. Gracias a mi amigo Pedro Luis de Aguinaga tuve mis cinco minutos de gloria y el encuentro quedó inmortalizado.
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