9.20.2012

PANAMÁ GASTRONÓMICA



Panamá es una ciudad moderna con rascacielos que miran al mar y un Canal que ha marcado la vida de los panameños. Es un país de tránsito y de destino, pero sobre todo es un puente que une mares, continentes y culturas, mestizaje que evidentemente se refleja en su cotidianeidad, a veces con rigor europeo y otras con relajo caribeño.
Panamá Gastronómica, el congreso internacional que por tercer año consecutivo organiza la reconocida cocinera y docente Elena Hernández, se realizó entre el 30 de agosto y el 1º de setiembre y tuvo como país invitado a Brasil y congregó además a un puñado de cocineros españoles y panameños reunidos en torno al lema “La biodiversidad en el plato”.
No en un afán de subirse al carro de la biodiversidad sino coherente con un proyecto extraordinario que viene gestándose hace varios años y que se inaugurará en el 2014. Se trata del Museo de la Biodiversidad, diseñado por el arquitecto Frank Gehry, responsable de obras tan emblemáticas con el Guggenheim de Bilbao, donde se pretende mostrar, entender y conservar el medio ambiente convirtiéndolo además en una especie de laboratorio para estudiar la evolución de la vida.
No es experiencia aislada. En lo que fuera una base militar norteamericana funciona desde hace varios años La Ciudad del Saber, suerte de foro socrático abierto al intercambio y generación de ideas innovadoras y que intenta cerrar la brecha entre el mundo empresarial y el académico.
En Panamá Gastronómica quedó reflejado ese ir y venir de costumbres culinarias, el intercambio continuo de técnicas de vanguardia con el saber y sabor del istmo, a su vez resultado de corrientes migratorias disímiles que la alimentan hace quinientos años. El reto actual, común al mensaje integrador de América Latina que de alguna manera encabeza el Perú, es construir una variopinta olla latinoamericana que ponga en valor los productos del entorno y entregue al mundo sus sabores propios a la luz de las técnicas de vanguardia.
La escuadra culinaria panameña encabezada por el experimentado Charlie Collins y secundada, entre otros, por Mario Castrellón del Maito y Alfonso de la Espriella de La Trona, dos restaurantes de altísimo nivel, compartieron sartenes con los brasileños Teresa Corcao, Flavia Cuaresma, los Troisgros (padre e hijo), Katia Barbosa y Rodrigo Oliveira (quien nos visitó en Mistura). También fueron ponentes Takehiro Ohno (de elgourment.com de Argentina) con emocionante testimonio de su trayectoria como cocinero que generó pucheros entre el respetable y Jorge Rausch de Colombia quien lanzó un alegato para proteger los arrecifes de coral.
Los protagonistas del Congreso fueron los productos nativos y las recetas panameñas típicas de las fondas (huariques): patacones de plátano verde, carimañolas (empanaditas de yuca), platos hechos con pixbae (delicioso fruto extraído de una palma), los saus (patitas de cerdo) y por supuesto los interminables y variados cebiches que muestran un plato convertido en concepto y luego universalizado. Esta inspiradora y frenética jornada confirma que América Latina tiene mucho que decir, mucho que mostrar y, claro, mucho que aprender.

Fotos: cortesía de Pablo Aued

9.05.2012

PASEO COLON



Simpática coincidencia tener un restaurante comfort food de vecino inmediato de la hermosa librería que los hermanos Sanseviero acaban de inaugurar bajo el nombre Sur. Hago votos porque ambos proyectos encuentren un flujo propicio que los retroalimente.
Paseo Colón, el restaurante de los esposos Plevisani, nace en olor a multitud con una clientela entre farandulera y fashion que encuentra en esta opción sencilla y sin pretensiones un espacio para comer platos clásicos con un recetario de fórmulas bien probadas y correctamente realizadas.
Si bien el concepto comfort food se consolidó como un referente a la cocina familiar que evoca la sazón de la abuela, alta en carbohidratos pero servida en porciones pequeñas, la de Paseo Colón opta por las porciones generosas aunque en los apartados abrebocas, pichanguitas, entradas y ensaladas ofrece platos más ligeros y reducidos.
En su Carta hay tímidos guiños al recorrido del personaje que da nombre al local, como el “ropa vieja con moros y cristianos” de raigambre caribeña o el “lomo Garibaldi a los dos mundos”, y platos populares de la cocina internacional, como nachos, alitas Búfalo o pad thai, pero sobre todo ofrece recetas caseras que conectan directamente con el paladar nacional.
Las papitas rellenas de queso (S/. 9), la sopa criolla de carne (S/. 26), el arroz con pollo combinado con papa a la huancaína (S/. 28) o la pollada le pulé (S/. 38) andan a caballo entre la comida del mercado y de la carretilla, con un sabor honesto y sin florituras que se evidencia incluso en la presentación.
En los postres veo una intención más divertida al reinterpretar los clásicos: ranfañote con helado (S/. 16), pie de maracuyá (S/. 18) o cheesecake de maíz morado (S/. 22).
El local es amplio, relajado, ruidoso y un tanto oscuro, tiene una amplia terraza toldada y un par de ambientes interiores que alternan con el bar. La atención es amable y distendida llegando incluso a la distracción, lo que se acentúa por el volumen alto de la música ambiental.
La Carta en papel bond con la foto de un carro americano de los años cincuenta, refuerza la sensación de una divertida levedad anclada en la tradición.

Avenida Pardo y Aliaga 697, San Isidro. Tel: 2225555. Horario de atención: de lunes a domingo de 10 am a 11 pm. Fines de semana hasta la 01 am. Capacidad: 160 personas.

8.24.2012

ámaZ




Desde la grafía Pedro Miguel Schiaffino intenta mostrar que este nuevo emprendimiento gastronómico es juguetón, diferente y lleno de interrogantes. 
Toda la puesta en escena lleva a desnudar un territorio tan misterioso como desconocido y ciertamente poco explorado culinariamente. 
El Perú vive de espaldas a nuestra Amazonía tanto que, en el colmo de la paradoja, nosotros mismos consideramos exóticos los productos que de ahí vienen. 
No estamos familiarizados con tucsiches, guasacacas, dendé, cachapas, casho, miskipanga o pishpirones. No solo los nombres nos son ajenos, también los sabores y las técnicas que ahora Pedro Miguel invita a descubrir en un juego que depende tanto del comensal como del cocinero.
El local tiene dos ambientes claramente diferenciados: la zona del bar, amplia y luminosa donde se han instalado mesas sencillas como para probar aperitivos y tapas; y la del comedor propiamente dicha, a media luz, con apartados que simulan “pupas” (casitas de la Selva) tejidas con fibra vegetal, mesas redondas con un centro giratorio, como en un chifa, y un techo sui generis que crea un clima especial.
La comida todavía tiene altibajos y debe ajustarse tanto el ritmo con la cocina (50 minutos de espera es excesivo) como la propia concepción de los platos. Brilla con los tostones rellenos de una suerte de tartar de atún y decae con el tacacho con cecina (un tanto seco y desabrido), vuelve a levantarse con el inchicapi de gallina (sopa de harina de maíz con camaroncitos crujientes), logrado plato mar/tierra en una interpretación personal que aporta al resultado, y desfallece con el cordero en salsa de maní. Tengo la impresión que platos como el revolcón amazónico y la ensalada de chonta son buenos referentes del camino por el que debe transitar ámaZ. Cocteles y postres están muy bien resueltos, no solo por la cuota de imaginación sino porque el dulzor está perfectamente balanceado.

El restaurante ofrece la saludable práctica de las medias porciones, lo que anima poner los platos al medio y probar más opciones. Se nota que el servicio está entrenado pero al tener que explicar y traducir los términos de la Carta el tiempo de atención necesariamente se incrementa. Hay que darle un poco de tiempo porque la apuesta de Pedro Miguel definitivamente vale la pena.

ÁmaZ. Av. La Paz 1079, Miraflores. Tel: 2219393, reservas@amaz.com.pe. Horario de atención: lunes a domingo de 12 m. a 3.30 pm y de 7 a 11.30 pm. Precio promedio por plato: S/. 45 soles. Descorche S/. 50 soles. Capacidad: 100 personas.

Artículo publicado en la revista CARETAS el 23 de agosto del 2012

8.21.2012

SYMPOSIUM



Consolidado como el mejor restaurante de cocina italiana por segundo año consecutivo según la guía Summum, Symposium es un clásico en su estilo que no ha sucumbido al empalagoso boom gastronómico.
Un local sobrio, con mesas en fila vestidas con platos, servilletas, copas y cubiertos, un bar amplio en semipenumbra inducida por la iluminación y música que permite conversar ponen el sello europeo desde el umbral.
La cocina de Marco Antino es refinada, elegante, con mucha técnica y evidente culto a la estética. Se engañan quienes creen que la cocina italiana es sencilla, parece fácil cuando se respetan los puntos de cocción, cuando los ingredientes empleados son de primera calidad y cuando las salsas no invaden al producto que protagoniza el plato. Lo que es evidente en risottos y pastas artesanales (espaguetis al vongole con aceitunas y alcaparras, tagliolini de conejo, risotto con azafrán y trufa blanca de Alba).
Me da la impresión que la racionalidad con la que se concibe cada plato prima sobre el sentido de humor o el divertimento. Es una opción, claro, absolutamente legítima, pero echo en falta un poquito de osadía, una vuelta de tuerca que abonaría a favor de una cocina moderna más a tono con estos tiempos.
Marco tiene platos magníficos como la ensalada de pulpo que no tiene más aliño que un chorro de balsámico y otro de aceite de oliva (ambos italianos), el tartar de lomo con huevo escalfado y miel de trufa blanca que se mezcla en mesa ante el comensal, o el prosciutto con mozzarella de búfala que termina siendo un bocado espléndido sin sabores que lo distorsionen. En fondos pone una estupenda tagliata, bife con arúgula y costras de parmesano, y unas costillitas de cerdo con fondo de Marsala. Los postres valen en sí mismos y la oferta es casi tan amplia como la de salados: impecable sabayón, creme brulée como para golosos, tiramisú correcto y panacota para repetir.
La Carta no es abundante, sin embargo es recomendable dejarse guiar por las sugerencias del chef, siempre presente en el local (lo que se agradece). 
Lo que sí es pródiga es la Carta de vinos, definitivamente una de las mejor surtidas de la ciudad, sobre todo por su imbatible oferta de vinos italianos y franceses amén de etiquetas de prácticamente todas las zonas vitivinícolas del orbe (desde un Petrus de trece mil soles botella a un Críos de 91 soles). Con semejante oferta de vinos se extraña la presencia habitual de un somelier (ausente en mis tres últimas visitas) a cargo de la cava y de las recomendaciones en mesa.

Dirección: Santa Luisa 122, San Isidro. Tel: 2213397. Horario de atención: lunes a sábado almuerzo y cena. Precio promedio por plato: S/. 55 soles. Capacidad: 50 personas. Valet párking. Se aceptan todas las tarjetas de crédito. Descorche: primera botella libre, a partir de la segunda S/. 30 soles por botella.
  

8.07.2012

EL PALACIO DEL SANCOCHADO


Es gratificante encontrarse con un restaurante que sobrevive al tráfico, a la moda y al crecimiento urbano, fiel a la riesgosa apuesta de ofrecer un único plato durante todos los días a lo largo de 31 años, cumplidos el pasado 24 de julio.
Una afección hepática obligó a don Juan Ruggiero a comer todo sancochado durante varios meses. Ahí descubrió las bondades de este saludable y consistente plato que se consume en todo el Perú desde la época de la Colonia.
Hijo del cocido madrileño que a su vez lo es de la adafina árabe (legumbres y carnes cocinadas largamente en olla de barro que luego se sirven en dos tiempos: el caldo y el resto), el sancochado de este palacio recoge la versión limeña austera en ingredientes aunque exuberante en cantidad.
Consta de un buen trozo de carne de punta de pecho, choclo, yuca, papa, col, zanahoria y una generosa porción de arroz (excesiva para mi gusto). Aparte, un platito de parcos garbanzos con tiras de cebolla que funcionan como salsita criolla, pocillos con salsas de ají de diversos picores y una taza de caldo. No hay entradas, ni café, ni postres. Acaso la única licencia sea el “vino de la casa”, eufemismo que designa ese vino dulzón tipo borgoña, tan caro al paladar de los peruanos y tan ligado a nuestra historia gastronómica.

La casa familiar de los Ruggiero, convertida en un restaurante-museo que delata el espíritu anticuario de su dueño es una suerte de homenaje a la Lima de los sesenta, cuando el epicentro del movimiento estaba en la Avenida 28 de Julio y la vista se perdía en los hermosos Jardines de la Exposición. Es divertido observar la colección de cámaras fotográficas, de teléfonos y equipos de sonidos, de boinas, sombreros, porcelanas y un sinfín de artilugios que formaban parte de la vida cotidiana décadas atrás.
La sensación del tiempo detenido se acentúa con los parroquianos que visitan el local. Es inevitable contagiarse del aire de familiaridad que trasuntan las ventanas cubiertas de visillos hechos a crochet o la mesa vestida con mantel de tela y servilletas de papel. Pese al deterioro hay una digna pulcritud en los detalles que le dan un toque entrañable al local.

El Palacio del Sancochado. Avenida 28 de Julio 990, Cercado. Teléfono: 3310789. Precio: S/. 38 soles. Puede estacionar en el parqueo del vecino Parque de la Exposición. Horario de atención: de lunes a domingo de 12 m. A 5 pm. No se acepta tarjetas de crédito.

8.01.2012

LA FRITERIE BELGA


Hace tiempo que el huarique dejó de ser el huequito escondido, barato, frecuentado por conocedores que buscaban “el” plato especial de la casa. En los últimos años, algunos se han reconvertido en recreos turísticos con kilométricas Cartas donde ofrecen de todo; y otros han devenido más bien en restaurantes “de culto”, por llamarlos de alguna manera, que atienden a puerta cerrada, no tienen Carta sino platos especiales por los que cobran precios altos.
Sin embargo, hay pequeños negocios que están prosperando y andan a caballo entre la taberna, el huarique y el bar de tapas. Un ejemplo es La Friterie Belga cuyo dueño y cocinero tiene una historia de novela que pasa por Chimbote donde nació, Bélgica donde se crió y aprendió carpintería y África donde desarrolló gran parte de su actividad profesional en hoteles y restaurantes. Hace tres años Yannick Banik regresó al Perú en busca de papeles que certificaran su nacimiento y sin saber una palabra de español (ahora habla ocho idiomas). En Chimbote fue recibido como un hijo pródigo, se instaló en Lima y abrió La Friterie (típico local belga de comida rápida). Luego de 27 años en África mantiene su restaurante Massa Massa en Senegal y el récord de ser el primer fabricante de foie gras en un país dominado por musulmanes.
En la Friterie Belga se encuentran salchichas y embutidos caseros (fricadelle) servidos con unas maravillosas papas fritas en doble cocción, según la técnica belga, y salsas sofisticadas (bearnesa, archiduc, dijonnaise, de mostaza y pimienta verde). Pone platos a la Carta como el tartar de carne (mejor que el de muchos restaurantes encopetados), albóndigas de Lieja (S/. 16) o lomo saltado (S/. 18) y butifarras con carne prensada y aderezada  por el propio cocinero. El foie gras y las cervezas artesanales (tiene más de un centenar en la memoria) son tareas pendientes que espera ofrecer a mediano plazo. Ojalá sea así.



La Friterie Belga. Esperanza 264, Miraflores. T. 2438652 (atienden delivery). Atención: lunes a sábado de 10 am a 9 pm. Precio promedio: S/. 17 soles.

7.23.2012

EL AJÍ NUESTRO DE CADA DÍA


Artículo publicado en la Guía de Restaurantes 2012 de la revista ETIQUETA NEGRA

Alguna vez se preguntó a un público variopinto ¾entre conocedores, curiosos, espontáneos y académicos¾ cual es el plato que mejor representa al Perú. Las respuestas se inclinaron por el cebiche, el lomo saltado, la ocopa, los anticuchos y el pollo a la brasa. Todos estos platos emblemáticos (así como la gran mayoría del recetario nacional) llevan ají como ingrediente básico e insustituible. Es decir, este díscolo y polifacético ingrediente tiene el ADN del Perú impregnado en sus semillas.

Por algo ha sido cantado, recitado y loado en diferentes momentos por cronistas, escritores, poetas, compositores y refraneros de variada laya. Una deliciosa muestra se encuentra en “De cocina peruana. Exhortaciones” de Adán Felipe Mejía (1896-1948) más conocido como ‘El Corregidor’ quien en el acápite dedicado a los ajíes dice los siguiente:

“Teníamos ají de todas índoles.
De todos los matices.
¡Policromía del ají!
Fresco. Seco. Reseco.
¡Mirasolado!
De todos los picores…
Agresivos, tremendos.
Semiviolentos.
Coléricos.
Irónicos.
Satíricos.
Mordaces.
Morigerados.
Tiernos, hipocritones.
Dulces… ¡Mendaces!
¡Y de todas las formas!
¡Y de todo tamaño!

UN POCO DE HISTORIA

¿Desde cuando se consume ají en nuestro país? Probablemente desde la noche de los tiempos, cuando el primer habitante de estas tierras descubrió el fruto e inició un ardiente romance que continúa inalterable hasta hoy.

Los testimonios arqueológicos más antiguos datan ocho mil años antes de la era cristiana, y se ubican en la cueva Guitarrero en Yungay, Ancash donde se encontraron rastros de este ingrediente, como también se hallaron semillas de ají en el complejo arqueológico Huaca Prieta (2500 a.C.), es decir, antes de que los peruanos empezaran a usar la cerámica. Si uno observa el famoso Obelisco Tello perteneciente a la cultura Chavín (3000 a.C.) verá una representación gráfica de un racimo de ajíes y una flor. Esta imagen temprana se verá luego multiplicada en vasijas, huacos, mantos y textiles de culturas posteriores.

Valga una digresión para comentar que gracias a la colaboración de la empresa privada en proyectos arqueológicos vinculados a la gastronomía, actualmente se están sembrando milenarias semillas de ají mochero encontradas en las huacas para rescatar el sabor auténtico de este ají ¾pervertido con el correr de los años por la inopia, la ignorancia o una burda visión mercantil¾ y desarrollar la línea de Denominaciones de Origen que merece nuestra inigualable despensa. “Nuestros ajíes deben ser un instrumento para reforzar la relación entre gastronomía y biodiversidad que está en manos de más de tres millones de pequeños agricultores, esencialmente pobres, que producen cerca del 70% de los alimentos que consumimos”, dice el ingeniero Roberto Ugás, investigador de la Universidad Agraria La Molina.

Volvamos a nuestra historia. Según el doctor Carlos Elera Arévalo, director del Museo Sicán y flamante director de la Unidad Ejecutora Naylamp 111, el consumo de ajíes en el antiguo Perú fue rutinaria entre los pobladores del litoral. En sus investigaciones arqueológicas encontró que los hábitos alimenticios de los descendientes muchik, distribuidos en los pueblos de Lambayeque, Jequetepeque, Chicama, Moche y Virú, incluyeron el consumo de crustáceos con tanta frecuencia como el de ají y sal. Esta teoría está avalada por el hallazgo de chacras hundidas con cultivos de ají mochero pertenecientes a la cultural salinar (400 a.C. -100 a.C.) plantaciones que alternaban con otros alimentos tradicionales como los zapallos, los frejoles y los maíces. (“Ajíes peruanos, sazón para el mundo”, Apega, 2010).

En el sur del país, los ajíes y rocotos fueron descritos tempranamente por cronistas como el Padre Acosta quien habla “de la natural especería que dio Dios a las Indias de Occidente (…) que en Castilla llaman pimienta de las Indias, en Indias por vocablo general tomado de la primera tierra que conquistaron nombran ají, en lengua del Cuzco se dice uchu, y en México chili”.

Todas las evidencias apuntan a sentar el acta de nacimiento del ají en la zona altiplánica que comparten Perú y Bolivia. “Ni los mejicanos respaldados por un ejército de ‘chiles’ discuten esa verdad”, escribió con delicioso humor el científico Fernando Cabieses en el libro “Antropología del ají”.

Dice que el género capsicum, al que corresponden todos los ajíes del planeta, se originó hace veinte mil años. Existen alrededor de treinta especies diferentes, pero solo cinco de ellas han sido domesticadas, las demás son silvestres y todas vienen de Bolivia.

Probablemente fueron los pajaritos los que se encargaron de trasladar las semillas desde los Andes hasta México, desperdigándolas en el camino por diferentes suelos con climas y ambientes distintos que por supuesto dieron origen a variedades impensadas gracias a las manos de los agricultores de entonces. El ají fue una de las primeras plantas domesticadas en América del Sur.

La hipótesis de los pájaros mensajeros no es descabellada si tenemos en cuenta que las aves son incapaces de sentir el picor del ají. Además, anota Cabieses, las aves digieren bien la fruta pero la semilla del ají tiene una cobertura refractaria a los jugos digestivos de las aves, por lo que esas semillas no pueden ser procesadas, ni digeridas, ni destruidas. Se expulsan tal cual luego de varias horas de vuelo. Fue así como las aves sembraron ajíes desde la cuenca del Amazonas a la del Orinoco y el Río de la Plata, incluyendo México y el Caribe.

Tan importante fue el ají entre los primeros peruanos que su existencia se registra en la leyenda fundacional de los Hermanos Ayar. Relata el mito que Ayar Manco, Ayar Cachi, Ayar Uchu y Ayar Auca acompañados de sus cuatro hermanas salieron de la cueva de Pacaritambo para buscar una tierra fértil donde fundar el imperio, que finalmente hallaron en el Cuzco. Cachi significa ‘sal’ y Uchu ‘ají’ y este hermanamiento entre el mundo vegetal y mineral también demuestra el sentido de complementariedad de ambos elementos en el mundo andino. Se sabe que los Incas rompían el ayuno ritual con un poco de ají otro de sal y un sorbo de chicha, y es muy probable que este fuera el primer bocado ofrecido por el Inca al conquistador Francisco Pizarro.

CONDIMENTO, CASTIGO, TRUEQUE Y MÁS

Los cronistas se encargaron de registrar el profuso uso de los ajíes en la cocina prehispánica. “Lo echan en todo lo que comen, sea guisado, sea cocido o asado, no lo han de comer sin él”, escribió Garcilaso de la Vega en Comentarios Reales de los Incas (1609). De otro lado, Miguel de Cúneo acompañante de Cristóbal Colón en sus viajes de descubrimiento en una carta fechada el 28 de octubre de 1495 refiere que “en aquellas islas hay plantas parecidas a las aulagas, que dan un fruto igual de largo que del canelo, llenas de pepitas picantes como la pimienta.  Estos caribes y los indios comen esos frutos como nosotros comemos manzanas”. De hecho, la cocina inca conoció y empleó distintas variedades de ajíes como el arnaucho, el rocoto, el ají montaña, el chinchuicho y otras especies que crecían en las montañas de Madre de Dios.

Se cree que durante la época incaica no existía el intercambio  de monedas como valor de trueque, aunque sí de mercancías de carácter utilitario a las que se asignaban un valor determinado de intercambio. Con estas mercancías se podía pagar trabajos, como el de chamanes, cargadores o guerreros, o comprar artículos diversos. El maestro Luis E. Valcárcel señaló que el manojo de ajíes secos o ranti servía como unidad de cambio.  “Era una forma de comercio más elaborada que el simple trueque de productos. El ají, junto con las hojas de coca, fue uno de los objetivos preferidos como moneda/mercancía”. (Ajíes peruanos, sazón para el mundo. Apega, 2010). Aunque parezca mentira, su uso como medio de trueque sobrevive todavía en algunas regiones serranas alejadas, constató el maestro Cabieses.

El versátil ají no solo sirvió para el placer de comer sino también como instrumento de tortura y suplicio, tal como relata la novela histórica Narración de una conquista (citada por el doctor Cabieses) sobre el tormento que Huáscar le hizo aplicar a Colla Túpac, uno de los albaceas de su padre, Huayna Cápac. Dice así:

“Unos pasos más allá, una hoguera vomitaba llamas y humo bajo un gran marco de madera del que colgaba una cuerda amenazante. Dos esbirros se acercaron a Colla Túpac, lo derribaron brutalmente y amarraron la cuerda a sus pies para después izarlo en el aire, cabeza abajo, balanceándolo como un convulso péndulo de carne que marcaba un ritmo horripilante sobre el humo enceguecedor… Este humo que ahora se espesaba y hervía en gruesos espirales amarillentos. Las llamabas había sido ahogadas por una gruesa capa de ají seco que el verdugo echó sobre el fuego… Balanceándose sobre el humo cáustico, Colla Túpac se retorcía y contorsionaba en una convulsión estrangulada por la tos y por el vómito, sofocándose entre las fieras nueves del vapor asesino, ahogándose, luchando por una bocanada de aire limpio, su voz agarrotada por silbidos rasposos, exprimidos de los pulmones incendiados y la lengua amoratada y negra, cubriéndose de un brutal flujo de gruesa espuma sanguinolenta. Y el cuerpo pronto inerte, meciéndose ahora en silencio”. ¿Más realismo? Imposible.

Esta crueldad no fue patrimonio de nuestro imperio. Grabados del Antiguo México muestran a un padre de familia castigando a su hijo haciéndolo inhalar el humo del chile.

Posteriormente, propiedades bastante menos desalmadas adornaron el ají a la luz de la ciencia y la medicina popular. Se le atribuye efectos estimulantes sobre el sistema digestivo, es eficiente para tratar picaduras de insectos, curar el “mal de altura” y aliviar el estreñimiento. Comido con moderación incita el deseo sexual, elimina las vinagreras y calma el dolor de muelas. Usado como cataplasma detiene el asma, la toz persistente y el catarro; molido es bueno para curar anginas; tostado detiene los mareos; y en polvo elimina los piojos. El listado expiatorio continúa: es diurético, funciona como abortivo, retarda la vejez, detiene la calvicie y sirve como anestésico local, entre otras virtudes.

Valga señalar en este punto que el vocablo ‘ají’ es de origen Caribe y proviene del lenguaje taino. Cuando los españoles llegaron a México se encontraron extensos sembríos de ají, que en lengua Nahuatl se llamaba ‘chili’. Nuestro nativo ‘uchu’ desapareció del lenguaje diario durante la Colonia, aunque quedó perennizado en un plato típicamente mestizo como el anticucho y en la uchucuta  que es como en Ayacucho denominan a la salsa de ají.

LA RUTA DEL AJÍ

Convenimos entonces que el ají salió del altiplano y se extendió hasta el golfo de México. Luego de las avecillas viajeras, otro viajero se encargó de expandirlas al mundo. Fue Cristóbal Colón quien en su primera aventura trasatlántica llenó sus bodegas de ají y las llevó a España en 1493. No andaba desencaminado el navegante ya que rápidamente entendió que usado en cantidades apropiadas el ají ayudaba a tolerar los alimentos apiñados y deteriorados durante el largo almacenamiento.

Apenas llegado a la península ibérica, el ají se extendió a Europa, los portugueses lo llevaron en sus expediciones por la costa africana, la India y el Medio Oriente y los turcos lo comercializaron en Constantinopla y los Balcanes La expansión fue tan vertiginosa que, en 1541, mientras Francisco Pizarro moría en Lima, en la India ya se cultivaban tres variedades de ají (la fuente sigue siendo la del inigualable maestro Cabieses). Señala además que nuestro ají fue bautizado como pimiento de Pernambuco, pimiento de la India o pimiento de Calcuta, según de donde llegara el comercio en esos frenéticos años en pos del descubrimiento de especies, tesoros y territorios.

No es exagerado afirmar que el ají es el condimento más generalizado en el mundo entero, aunque, ironías de la vida, dentro de los principales productores mundiales no figuraban hasta hace una década ni Perú ni Bolivia ¾padres de la criatura¾ sino China, India, México y Estados Unidos. Afortunadamente, apenas despuntado el nuevo siglo nuestras exportaciones de ají fresco mostraron tasas de crecimiento importante, tanto que en cinco años se incrementaron en 88% posicionándose el ají amarillo por su volumen (78%) como el producto bandera del Perú.

Según datos recogidos por Apega (Sociedad Peruana de Gastronomía), el gran mercado mayorista de La Parada recibe diariamente un promedio de 60 toneladas de ají amarillo procedentes de los valles de Huaral, Chancay, Huarmey y Cañete. Es decir, un millón y medio de ajíes amarillos cada día. Y en cuanto a exportaciones de ají, el año pasado cerró con más de US$ 100 millones de dólares a mercados exigentes como España y Estados Unidos. Además, una agroindustria paralela se desarrolla con brío a través de ajíes envasados, pastas de ají, salsas como la ocopa y la huancaína y alimentos procesados con sabor peruano.


SOMOS LO QUE COMEMOS
        
El ají pertenece a la familia de las solanáceas, plantas herbáceas y cosmopolitas que se encuentran esparcidas prácticamente por todo el mundo. En esta familia se encuentra la papa (solanum tuberosum), el tomate (solanum lycopersicum), la berenjena (solanum melongena) y los ajíes y pimientos (capsicum). Dentro del género de los capsicum, que es el que nos interesa en esta historia, hay especies cultivadas y otras silvestres, es decir, las que provienen de huertos caseros o se recolectan estacionalmente.

No existe aún un inventario de especies, confiesa el ingeniero Roberto Ugás, investigador y docente de la Universidad Nacional Agraria de La Molina, sin embargo tienen registradas “250 entradas al banco de germoplasma”, de las cuales el 30% son productos duplicados o llevan el mismo nombre siendo distinta variedad o siendo de la misma variedad tienen denominaciones distintas. En cualquier caso, el suelo, el clima, la altura y otras condiciones bioclimáticas condicionan las diferencias.

Gracias a investigaciones realizadas desde hace varias décadas  se logró determinar que hay cinco especies cultivadas de capsicum, y las cinco se encuentran en el Perú: capsicum pubescens (rocoto), capsicum frutescens (pipí de mono, charapita, arnaucho), capsicum baccatum (el más conocido en el Perú, a esta especie pertenecen el ají mirasol, el escabeche, pacae, cacho de cabra, ayucllo), capsicum chinense (panca, colorado, mochero, ají dulce, limo) y capsicum annuum (cerezo). A esta última especie, por ejemplo, pertenece la gran mayoría de ajíes mexicanos quienes gracias al trabajo y sapiencia de sus pobladores lo domesticaron, cruzaron, entrecruzaron y consiguieron una admirable variedad de ajíes que forman parte de su vasta cocina y su bien cimentado orgullo gastronómico.

A estas alturas de la historia no cabe ninguna duda que somos la civilización de la papa tanto como la del ají. Nuestra cocina clásica incluye rubros genéricos como “picantes” o “ajiacos”, amén de salsas imprescindibles que combinan productos varios pero siempre con la presencia recurrente del ají que es finalmente el ingrediente que le da carácter y personalidad.

Es inconcebible la elaboración de buena parte del recetario nacional sin la base de un aderezo que parte de una pasta o puré de ají ¾seco, fresco o rehidratado¾ y mezcla dos o más variedades de ají que aportarán, según el plato, aroma, color o textura. Aderezo que se repite a lo largo y ancho del país sin más cambios que los que genera el particular sabor de los productos de la zona.

El primer recetario de cocina publicado en el Perú en 1867 vio la luz en Arequipa, en la imprenta de Francisco Ibáñez y se llamó La mesa peruana o sea el libro de las familias. Allí se registra la manera de preparar una salsa de ají, receta que permanece prácticamente inalterable hasta nuestros días. Dice: “Se toman seis u ocho pimientos secos (ají colorado), se bota la simiente y se tuestan en ceniza caliente. Hecho esto, se sacude, se pone en el batán con una cebolla asada, una papa cocida y sal. Se muele bien y puesto en el plato se sazona con una cucharada de aceite”. Cualquier parecido con la actualidad no es mera coincidencia.

“La cocina arequipeña emplea con profusión esa paleta de aderezo básico de raíz nativa (pasta de ají) y complemento hispano (el sofrito de ajos y cebollas en que debe cortar o agarrar el punto), pero utiliza también una variante fría del preparado para la elaboración de uno de sus principales aportes: la ocopa.”, señala el poeta Alonso Ruiz Rosas, autor del monumental libro La gran cocina mestiza de Arequipa.

Amamos el ají y gracias a este incandescente enamoramiento que no muestra visos de cansancio, las picanterías y comederos populares, verdaderos templos de las tradiciones mestizas, rinden tributo, día a día, plato a plato a este invencible producto que fogoso y enardecido sigue provocando suspiros, lágrimas, comezones y apetencias. Los peruanos nostálgicos lo llevan de contrabando en la maleta o lo buscan en los mercados étnicos, mientras los migrantes regresan a sus pueblos en busca del sabor particular del aderezo que les formó el paladar en la infancia. Sin ají no hay ni sabor ni alegría. Lo más probable es que luego del primer bocado los picores queden relegados o subordinados porque como bien apunta el refrán “sarna con gusto no pica”.





7.19.2012

SUMMUM 2012


Central de Virgilio Martínez es el número uno en el ranking de Restaurantes Top del Perú que organiza la guía Summum con el apoyo de Ipsos Apoyo.
Esta valiosa iniciativa que partió hace cinco años de la gourmand María Rosa Arrarte no solamente es un esfuerzo descomunal por tener un mapa gastronómico actualizado de los restaurantes de Lima y las principales ciudades del país, sino una herramienta indispensable para el creciente turismo gastronómico interesado en conocer las novedades y tendencias culinarias de un país qué llama la atención del mundo.
Luego de un lustro de trajines, Summum afina sus categorías, descongestiona las opciones y establece el peso de sus votantes, tanto que en opinión de los entendidos los resultados de este año han sido “los más justos” de su trayectoria.
Ciertamente falta seguir ajustando criterios. No me queda claro si la incorporación diferenciada de cocina japonesa y nikkei aporta o confunde al votante. También es confusa la opción de incluir en un solo rubro a somelieres y consultores porque resiente la elección.
Fuera de estos detalles, creo que la guía Summun refleja el dinamismo y los cambios de nuestra cocina. Por eso el primer lugar otorgado a Virgilio Martínez y su restaurante Central no es más que el reconocimiento a una cocina honesta basada en el producto y en la técnica, innovadora y academicista, con memoria del pasado y proyección al futuro. Definitivamente un buen momento para este joven cocinero que se internacionaliza a través de su flamante restaurante Lima en Londres que, valgan las coincidencias, inauguró el mismo día en el que recibía el premio Summum.
Me encanta la categoría Nuevo Restaurante porque nos va insinuando lo peliagudo que será la justa el próximo año. En primer lugar quedó Maras del gran Rafael Piqueras, seguido por Carnal (que si no mejora pasará sin pena ni gloria al olvido), Madam Tusán (exitoso y sin pretensiones), Lima 27 (se ha puesto las pilas), el simpático Saqra (merecida mención), Almazén (cocina orgánica), L’ Artisan (cafetería y cocina light con panadería de autor), Pampa de Amancaes (comida criolla) y Tr3s (sorprendente emprendimiento en el emporio Gamarra).
Otro detalle a destacar es la insistencia de María Rosa para poner nombre y apellido al servicio, tanto del Jefe de Salón con del Mozo, tema que la mayoría de comensales no registra a la hora de evaluar la experiencia gastronómica. Un acierto.

Estos son los top 20 de Lima durante el año en curso:

1. CENTRAL de Virgilio Martínez
2. RAFAEL de Rafael Ósterling
3. ASTRID Y GASTÓN de Astrid Gutsche y Gastón Acurio
4. LA GLORIA de Óscar Velarde
5. MALABAR de Pedro Miguel Schiaffino
6. FIESTA CHICLAYO GOURMET de Héctor Solís
7. EL MERCADO de Rafael Ósterling
8. LIMA 27 de Carlos Testino
9. CALA de Alfredo Aramburú
10. SYMPOSIUM de Marco Antino
11. MAIDO de Mitsuharu Tsumura
12. PERROQUET de Jacinto Sánchez
13. PANCHITA de Gastón Acurio
14. MARAS de Rafael Piqueras
15. PESCADOS CAPITALES de Nguyen Chávez
16. LA MAR de Gastón Acurio
17. MAYTA de Jaime Pesaque
18. VALENTINO de Duilio Giannattasio
19. EL HORNERO de Armando Tafur
20. JOSÉ ANTONIO de familia Graña

7.09.2012

DANIEL PI DESDE ARGENTINA


Licenciado en Enología e Industrias Frutihortícolas, Daniel Pi es uno de los enólogos más importantes de Argentina. Fue cofundador de la revista virtual Vinidea (www.infowine.com) y fundador de Enología, única publicación técnico-científica en su país. Estará en Lima durante el 13 y 14 de julio en el Hotel Country de San Isidro en el marco de las actividades organizadas por la empresa Almendariz.

Argentina es un país con alto porcentaje de cultivos transgénicos. ¿Cree que a la larga (o a la corta) eso influirá en los viñedos?

Desconozco este dato. En la región donde nosotros desarrollamos nuestras actividades, en el oeste de Argentina, los cultivos son prácticamente orgánicos, con muy poca o nula aplicación de agroquímicos de síntesis. No existen vides ni hortalizas transgénicas que se cultiven en nuestra región. Nuestros cultivos son de los más puros del mundo, y es lo que otorga a nuestros vinos un gran valor desde el punto de vista de ecosistema y la salud. Tampoco empleamos insumos GMO (genéticamente modificados) en su elaboración.

En Latinoamérica hubo un evidente repliegue en el consumo de vinos europeos. ¿Esa situación se mantiene?

Esto no solo ha sucedido en Latinoamérica sino también en el mundo. El único lugar donde se incrementa el consumo de vino del viejo mundo es en China. Creo que en Latinoamérica lo más importante es el aumento del consumo en países que normalmente no tenían cultura vínica. Esto se ha dado especialmente en los últimos años gracias al desarrollo económico que está teniendo la región. Además, hay un incremento de oferta gastronómica, con más y mejores restaurantes, que indefectiblemente lleva a un mayor consumo de vino. El consumidor latino prefiere los vinos más suculentos y con mejor relación precio calidad.

Me da la impresión que los vinos del nuevo mundo están, en general, cargados a la madera. ¿Cree que en el futuro nos desparkerizaremos?

Parker nació rankeando vinos del viejo mundo. Si revisa sus reportes verá que son fundamentalmente de Bordeaux. Mucho del prestigio que tiene Bordeaux se lo debe a él y es por ello respetado en la meca del vino. Todos quieren tener un buen puntaje en Parker, porque así aseguran sus ventas. Hay un preconcepto con esto de los vinos “parkerianos”, o “michelrolandianos” que no comparto. La gran virtud del vino es la gran diversidad, ya sea de orígenes, de variedades, de sistemas de vinificación, de contenidos de madera, etc. Hoy todos hacemos vino tratando de satisfacer al consumidor y no siguiendo a algún gurú.

¿Cómo enólogo qué rescata de las técnicas tradicionales de vinificación?

Las técnicas tradicionales preservan la naturalidad del vino y son siempre bienvenidas. Nosotros aplicamos el concepto de “mínima intervención” humana, de manera de dejar que la uva fermente naturalmente y exprese toda su originalidad. En algunos vinos trabajamos con el concepto biodinámico, en otros orgánico, tratando de lograr la máxima expresión de la fruta y el origen.

¿Cuáles son las innovaciones y cambios más importantes que se han introducido en la industria en los últimos años?

Aunque parezca mentira, en la industria son muy pocas las innovaciones. Creo que lo más revolucionario ha sido la incorporación de un selector óptico para automatizar la selección de granos después de la despalilladora. La mayoría de los avances se han dado en el campo de la viticultura, con el conocimiento más profundo del suelo, los sistemas de información geográficos y la posibilidad de hacer microvinificaciones de parcelas pequeñas en bodega.

¿Cómo ve el futuro de Trapiche en el contexto mundial?

Es la bodega argentina con mayor presencia internacional, en más de 89 países, líder de las exportaciones y con un 50% de su vino vendido en el mercado doméstico. Hace nueve años éramos una bodega de un millón de cajas, hoy producimos tres millones. Veo un hermoso futuro para Trapiche, consolidándose como el productor de vinos de Argentina para el mundo y estoy muy orgulloso de ser uno de los que lideran este cambio.

Artículo publicado en CARETAS el 5 de julio.

7.02.2012

ACHE



Gran retorno de Hajime Kasuga a la cocina de Ache. Después de algún tiempo de titubeos para afinar su propuesta creativa, cuya valla altísima dejara hace dos años cuando se retiró de Hanzo, Hajime regresa con bocados sutiles y elegantes, repletos de matices y texturas pero con una ligereza evidente que va camino a convertirse en uno de los pilares de su cocina.
Se percibe que la experiencia kaiseki (cocina tradicional japonesa de muy alto nivel) del tres veces coronado restaurante de Yoshiro Murata en Kyoto donde trabajó el último año y la fusión vanguardista de Nobu Matsufuji, en cuyo restaurante en Tokio también recaló antes de abrir Ache, le han refrescado la mirada permitiéndole detenerse, por ejemplo, en la necesidad de desmineralizar el agua con la que prepara su caldo base (dashi) y el shari (arroz). Podría parecer un detalle superfluo, sin embargo para este cocinero tiene una importancia fundamental ya que le permite potenciar los sabores de las algas y resaltar el umami natural de los productos.
El propio maestro Murata en una entrevista con el diario El Comercio dijo: “En el mundo hay dos formas de cocinar un platillo sabroso: a partir de grasa y con umami. La diferencia es que mientras un gramo de grasa contiene 9 kilocalorías, un gramo de umami no contiene ninguna caloría”
http://elcomercio.pe/gastronomia/1333997/noticia-maestro-quinto-sabor-llega-lima

Técnicas refinadas, presentaciones que son pura poesía, juego de temperaturas e inspirados aliados (polvo de langostinos, gelatina de ponzu, granizado de anís estrella, tierra de chulpi y cacao, arroz inflado) producen bocados sutiles, limpios y perfumados como el dumpling de mariscos, el taco de maguro, la kani soup (raviol de langostinos en caldo de cangrejos), la anguila con láminas de manzana servida sobre una suerte de soufflé de huevos, el sashimi con huevera de pez volador y ralladura naranja, los delicados tiraditos que envuelven ataditos de nabo en juliana o el cebiche de cítricos. En fin. Son algunos bocados que forman parte de la experiencia “omakase” que no se encuentran en carta sino que el itamae prepara directamente para el comensal según el producto del día.
En el apartado cocina creativa, H tiene platos calientes como el delicioso sakana crispy miso (jugoso congrio en costra de arroz con ensalada de brotes de verduras) o el black buta (panceta guisada en caldo negro de algas acompañada de un taquito de lechuga fresca rellena de picadillo de cerdo) o los arroces. Los postres son frescos, refinados, bajos en azúcar, aunque en palabras de una comensal dulcera “no tienen ese toque licencioso y turbador de los postres latinos”.
Vale anotar que la madurez de la cocina de Ache está respaldada por un estupendo equipo consolidado luego de varios años de trabajar juntos (Iván, César, Carlos, Sandro, Miguel, Mune, Jaime, Raúl, Andrea, Renzo, por mencionar a diez de los cuarenta) lo que les permite desarrollar una propuesta nikkei de alto nivel sin quiebres visibles, con buen ritmo culinario y con momentos divertidos, pero que debe seguir desarrollándose para lograr una personalidad propia que mire menos a Japón y más a la propia experiencia. (Sigo sin entender del todo la inclusión en la Carta de un apartado de cocina tradicional japonesa, me da la impresión que distrae más que aporta al conjunto).
Otra mención es para el barman Giancarlo Nazario quien crea una coctelería juguetona, diferente y osada que no para en mientes ni en las mezclas, ni en los envases ni en la inclusión de mariscos, pescados y verduras como parte de la experiencia gustativa.
Bienvenido a las grandes ligas, Ache.

Calle La Paz 1055, Miraflores. Reservas: 2219315. Horario de atención: lunes a sábado almuerzo y cena. Precio promedio por persona: S/. 80 soles.

* Artículo publicado en CARETAS el 28 de junio.




6.22.2012

KAPALLAQ





Con intervalo de dos días visité este simpático restaurante que recientemente estrenó local en Miraflores. Con la mudanza ha triplicado su capacidad de atención y ha mejorado las instalaciones. La amplia cocina sigue estando a la vista, aunque ahora protegida por vidrios que amortiguan olores y ruidos. Las mesas, convenientemente distanciadas, permanecen vestidas con cubiertos, copas y servilletas. La experiencia palatal fue agradable, la gastronómica (que engloba ambiente, atención y similares) mediocre. Mala suerte que en ambas fechas, previa reserva, me tocara la misma mesa al lado de una ventana sobre la que cae a plomo el sol de la tarde en un invierno en el que no se esperan esos calores insólitos. El mozo, sin capacidad de reacción, no atinó a cambiarnos de mesa pese a nuestro pedido y a la disposición de infraestructura. En el mozo recayó también otro traspiés, al no saber explicar qué ingredientes llevaba uno de los platos requeridos.
Pese a los baches, la cocina de Kapallaq sigue siendo uno de los referentes de la cocina marina, con pocos ingredientes, productos muy frescos, platos únicos y osadas reinterpretaciones de la clásica cocina vasca y mediterránea. El Kapallaq tiene platos que su chef Luis Cordero no podría cambiar sin causar alboroto. Por ejemplo, el estupendo muchame de atún fresco preparado con las técnicas del salazonero mediterráneo y conservado en una planta climatizada por no menos de veinte días antes de llevarlo a la mesa. Los sudados, locros y espesados preparados en ollitas de barro son clásicos que no tienen pierden por su sabrosura y el equilibrio entre picor, acidez, espesura, aroma y frescor de sus componentes.
Sin embargo, vale la pena potenciar la experiencia gastronómica si uno acata las sugerencias del cocinero, sea a través de las recomendaciones del día (que puede encontrar en una Carta algo confusa para el parroquiano infrecuente, no solo por su extensión sino por las arbitrarias secciones en las que está dividida) o directamente a través del chef que siempre está vigilante en la cocina o entre las mesas.
Es así que nos tocó probar un provocador platillo de intensidad casi pornográfica, hecho con caracoles rojos envueltos en una salsa bien mediterránea con un toque aromático de hierbabuena; el inigualable plato de espaguetis con erizos y pulpa de cangrejo; o la bottarga (originalmente huevas de pescado secas y saladas) que se sirven con una pasta de acuerdo a la receta de origen griego o en la versión personal del chef con abundante queso derretido y láminas de almendras tostadas.
El café es bueno, la limonada no y a la carta de vinos le falta imaginación.

El Kapallaq. Avenida Reducto 1505, Miraflores. Reservas: 4444149. Horario de atención: todos los días de 12.30 a 5 de la tarde. Viernes y sábado también atiende entre las 7.30 y las 11 de la noche. Precio promedio por plato S/. 50. Descorche: S/. 20 soles. Estacionamiento vigilado en la calle.

6.11.2012

ASTRID & GASTÓN


Artículo publicado en CARETAS el 7 de junio 2012

Un menú de degustación de 21 platos abre la temporada “Viajando por los otoños del Perú” del restaurante Astrid & Gastón. Una propuesta racionalmente bien concebida y emocionalmente bien lograda.
El barroquismo con el que Gastón enfrentaba sus platos, sin duda conectado con la identidad del peruano, cede espacio a una cocina minimalista aunque atrevida, menos solemne y más divertida, con pocos productos pero con mayor protagonismo en el plato, en línea con lo más avanzado de la gastronomía internacional. Me da la impresión que A&G recién se siente parte de esa vanguardia de los 50 Best, San Pellegrino mediante, que no solo ofrece una cocina excepcional sino que se sitúa siempre un paso por delante, abriendo trochas y señalando caminos.
El menú de degustación que nos ocupa tiene bocados que son una síntesis entre tradición y vanguardia, con mucha información por digerir a través de los sentidos, prescindiendo de esas largas parrafadas que suelen adornar las Cartas y donde todo está dicho y descrito en detrimento de la sorpresa y el placer del descubrimiento.
No voy a detenerme en toda la carta, pero sí mencionaré que contenido y continente han sido creados con criterio estético y lúdico donde cada secuencia sobresalta, intriga y divierte sin pausa ni tregua. Piedras calientes, papel en bolsa o arrugado, troncos de árbol, resortes enhiestos y ene recipientes más, crean una suerte de obras de arte en pequeño formato donde tan importante es lo que lleva como el cómo lo lleva.


El aperitivo rescata un clásico: el Capitán, servido en copa pequeña, cargado al vermuth y generoso en hielo, al que acompañan láminas de papa con salsas de ajíes que cumplen su cometido de abrir el apetito.
Un rápido paso por el cebiche clásico y por las reinterpretaciones de la cocina japonesa y china que dejaron su impronta en el paladar nacional forman el capítulo El Mar, en el que los bocadillos se comen con las manos, como para acentuar el divertido juego de sensaciones que proponen.
Le sigue el capítulo Lima, la ciudad que enamora con su cocina. Pocas veces una frase resulta tan apropiada para describir los requiebros de un pan tolete, el coqueteo de los cereales andinos con una yema cocida a baja temperatura que se derrite al primer contacto o el romance sugerido por el suave espárrago blanco sobre una crema bernesa aromatizada, estado del que se aterriza con una cremolada de camu camu y coco.
El capítulo La sostenibilidad rinde homenaje al camarón, en chupe seco primero y luego en un luminoso plato que solo lleva las pinzas del noble crustáceo pasadas por plancha. Es tan conmovedor que produce escalofríos.
Si tuviera que elegir una estrella en este centelleante menú, sería el capítulo Los Andes, donde brilla una solitaria papa nativa horneada en una suerte de molde de arcilla salada. Este bocado de sencillez estremecedora brinda tal cantidad de información que bien puede transformarse en un concepto en sí mismo.

Sigue el capítulo andino con una alpaca tanto en tartar como en consomé, para terminar con el apartado dedicado al cuy. Otro monumento a la sencillez cosmopolita en versión oriental.
Es evidente que Gastón tiene un gran equipo trabajando con él, como son los cocineros Diego Muñoz, Diego Alcántara, Roberto Grau, Emilio Macías, Hernán Castañeda, amén de artistas gráficos que no hacen otra cosa sino evidenciar que el “arte” de la cocina trasciende los fogones en un intento por capturar la universalidad de las cosas.
Los postres no desentonan en absoluto, más bien giran en la misma órbita aportando lo propio sea en presentación sea en concentración de sabores para resaltar la esencia del producto. Un ejemplo: las rodajas traslúcidas de papas nativas sangre de toro de diversos colores rellenas con dulce de avellana y caramelo salado, recreadas en homenaje a Michel Bras sirven para entender que estamos ante una propuesta profundamente peruana que ha bebido y procesado lo más avanzado de la gastronomía de vanguardia.
Tengo un pero final que no se refiere a la comida sino más bien a un aspecto formal. La Carta está impresa en papel canson transparente con letras delgadas en tono plata que dificulta la lectura. Al cliente hay que aliviarle la tarea no complicársela.



6.02.2012

LOS CAVENECIA


¿Por qué un restaurante que funciona bien a puerta cerrada y con un puñado de comensales fieles de pronto decide crecer y multiplicarse? Supongo que parte de la idea de relacionar éxito con popularidad, al tiempo que se privilegia la cantidad por sobre la calidad. Es solo una hipótesis. Restaurantes a puerta cerrada funcionan bien aquí y en cualquier parte del mundo. Baste mencionar a Javier Wong y sus ocho mesas ubicadas en el patio de su casa, para no irnos hasta el Japón donde el restaurante Mibu atiende una solitaria mesa para ocho comensales que pagan mil doscientos dólares cada uno por asistir a una noche de cocina muy tradicional y ceremoniosa. Son dos ejemplos que están en las antípodas pero ilustran el amplio abanico de posibilidades que se abren a quien elija esta profesión.

Cuando Los Cavenecia atendían en La Calera la experiencia pasaba no solo por la sensación de estar “en casa” sino porque los platos servidos obedecían más a la inspiración del chef y a los productos que tenía en su despensa que a un despliegue de técnicas avanzadas. Había clásicos, claro que sí, que se repiten hasta el momento, diez años después, sin variación alguna.

Pero la manera de “sentir la mesa” cambia entre un local a puerta cerrada y otro abierto al público, y tengo la impresión que la experiencia se resiente. Algunos baches había experimentado la cocina de Sebastián Cavenecia en el veraniego local de Asia, pero en el de Barranco se profundizan. Hay un cierto descuido en la puesta, como la “canchita” fría y guardada de la bienvenida, la salazón exagerada del muchame (otrora plato emblemático) o la sobrecocción del pescado a lo Toshi que no le hace favor alguno a su homenajeado. Tampoco las almejas salieron bien libradas ni el arroz frito con langostinos, platos más bien insípidos tanto por la técnica empleada como por la elección del producto.

No me queda claro en qué espectro gastronómico quiere situarse este restaurante que exhibe una larguísima Carta donde cabe casi todo: platos mediterráneos, orientales, criollos y fusión que tienen un retrogusto a déjà vu. Un aspecto a destacar es que la atención cálida y personalizada de la familia Cavenecia no deja que el aire casero se esfume definitivamente.


FICHA TÉCNICA
Los Cavenecia. Av. Grau 1502, Barranco. Tel: 4771090. Horario atención: martes a sábado almuerzo y cena; domingo y lunes solo almuerzo. Capacidad: 80 personas (con privado). Precio promedio por plato: S/. 50 soles. Lista de vinos variada.

5.28.2012

ECOS DE SAN PELLEGRINO


Que la lista de The World’s 50 best restaurantes es eurocéntrica no cabe ninguna duda. De los cien restaurantes que la revista británica Restaurant (organizadora del evento) anuncia como los mejores del este año, 58 son europeos, 20 corresponden a América (pero 13 van para Estados Unidos), Asia se queda con 16, África (Sudáfrica, en realidad) con 2 y Oceanía (solamente Australia) con 4. Pese a que durante varios años los restaurantes españoles acapararon los primeros lugares de la lista, esta vez las críticas más ácidas provienen precisamente de allá.

El diario El Mundo la llamó “la pantomima anual de la revista Restaurant”; el gran cocinero vasco Martín Berasategui, que suma siete estrellas Michelin (relegado al puesto 67 luego de descender 38 escaños con relación al año anterior) también tuvo frases duras calificando el evento como un “montaje” y “patraña” cuyas calificaciones “no son nada serias”; y el periodista gastronómico Carlos Maribona se preguntó enfadado “si de verdad votan a restaurantes en los que han estado o simplemente tocan de oído”, reclamando transparencia y conocer nombres y trayectoria de los votantes.

Es cierto que cualquier ránking es subjetivo y arbitrario y que generalmente los olvidados son los primeros detractores en busca de protagonismo. En esta lista “solo” votan 800 personas vinculadas al quehacer gastronómico en el mundo. Los votantes a su vez están divididos en 26 regiones con 30 miembros por región, que tienen derecho a siete votos cada uno, cuatro de ellos deben darse a restaurantes de su región y los otros tres a restaurantes del resto del mundo. La condición es que hayan sido visitados en los últimos dieciocho meses.

Hay varios puntos que suscitan escozores: que ningún restaurante francés figure entre los top ten; que una pequeña ciudad-estado como Singapur sume 4, el doble de Japón que tiene una cocina sofisticada y milenaria (a la que todos los cocineros importantes miran); que China (otra gran cocina por descubrir) tenga menos de la mitad de restaurantes nominados que Estados Unidos. En fin. Es decir, los criterios relacionales priman a fin de cuentas sobre los gastronómicos.

Sin embargo, es indispensable que el foco de atención mediática cubra un horizonte más amplio que el europeo, incluyendo a países que de otra manera no figurarían en el espectro gastronómico del mundo. El gastroturismo se ha convertido en una fuente importante de ingresos para los restaurantes nominados y para el país, y ya sabemos que la gastronomía es una locomotora que arrastra un sinfín de vagones variopintos que contribuyen definitivamente a aumentar puntos de los PBI. Pero, ay, ironías de la vida, mientras Restaurant anunciaba a las nuevas estrellas del firmamento culinario, el Sunday Times publicaba otra lista, la de los más ricos del mundo. Allí el número uno entre los cocineros es Jamie Oliver, con 185 millones de euros en el bolsillo, “quien por supuesto no aparece en la World’s 50 Best por populachero y bandarra”, dice en un delicioso artículo el periodista vasco Mikel López Iturriaga. Buen provecho, Jamie.